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Según dice en la portada –y a la gente hay que creerle- el Almanaque pintoresco Brístol está cumpliendo 183 años de publicación continua, lo que quiere decir que ese librito color zanahoria, que se vende en las esquinas todos los comienzos de año, está circulando desde 1832.
Fue creado, según cuentan, por un tal Cyrenius Chapin Bristol, en New Jersey, para promocionar sus productos de jabones y perfumería, pero el éxito de este librito creció y se regó por todo el mundo y hoy lo publican en varios idiomas.
Bristol les ha servido a los campesinos para sus siembras, a los pescadores para sus pescas y a los curas para buscar nombres para los niños a los que van a bautizar. Lo leen en el campo y en la ciudad, y se encuentra en los consultorios de los médicos, en los mostradores de las tiendas y en las librerías de revistas de barrio.
Me aficioné a leer el Bristol, año tras año, porque mi tío Ángel Ardila, el único de los Ardilas que no fue arriero, lo llevaba a su tienda de Las Mercedes, junto con la revista Selecciones y algunos ejemplares clandestinos de la revista prohibida Lux.
Bristol tiene chistes, frases célebres, consejos sobre salud y sobre la vida en el campo. Se llama Almanaque pintoresco y todas sus portadas tienen la imagen de un tipo mechoso, de barba, corbatín, saco y abrigo, al que uno se imagina que es el creador del famoso librito.
Otro almanaque, igual o más famoso en el campo, pero con apenas 100 años de existencia, es el Almanaque de La Cabaña, una publicación colombiana, que resalta los cambios de luna, si estamos en menguante o creciente, y que señala algunos datos de cultura general.
La Cabaña no es un librito como el Bristol, sino una sola página grande, que los abuelos clavan en las paredes de la sala para tener a la mano el dato necesario.
La Cabaña y Bristol marcan toda una etapa cultural de nuestras gentes, lo cual significa que no es cierto que los campesinos no son amigos de la educación y la cultura. Falso. Lo que pasa es que no saben leer ni escribir porque el Estado ha sido incapaz de llegar a todas las veredas, pero poco a poco, paso a paso, como la tortuga, el campesino va llegando a las escuelas y a los colegios y a las universidades.
Bristol y La Cabaña han sido impulsores de la cultura del pueblo. Eso hay que abonárselos.
Otros almanaques, en cambio, son más elitistas, más de caché, más de clase. El Almanaque mundial, por ejemplo, es una enciclopedia que abarca todos los temas habidos y por haber, menos los temas del campo.
Mi mamá sabía cuándo cortarle las ramas al jardín y cuándo sembrar rosas, mirando La Cabaña y Brístol. Mi papá sabía cuándo salir a pescar, según viera el dibujito de la luna en estos mismos almanaques. Y mi abuelo sabía cuándo capar los gatos, de acuerdo con esas publicaciones. Yo, en cambio, no aprendí ni a capar gatos, ni a sembrar rosas, ni a pescar panches. Yo leía el Almanaque mundial y las Agendas bíblicas que venden las editoriales.
Fue creado, según cuentan, por un tal Cyrenius Chapin Bristol, en New Jersey, para promocionar sus productos de jabones y perfumería, pero el éxito de este librito creció y se regó por todo el mundo y hoy lo publican en varios idiomas.
Bristol les ha servido a los campesinos para sus siembras, a los pescadores para sus pescas y a los curas para buscar nombres para los niños a los que van a bautizar. Lo leen en el campo y en la ciudad, y se encuentra en los consultorios de los médicos, en los mostradores de las tiendas y en las librerías de revistas de barrio.
Me aficioné a leer el Bristol, año tras año, porque mi tío Ángel Ardila, el único de los Ardilas que no fue arriero, lo llevaba a su tienda de Las Mercedes, junto con la revista Selecciones y algunos ejemplares clandestinos de la revista prohibida Lux.
Bristol tiene chistes, frases célebres, consejos sobre salud y sobre la vida en el campo. Se llama Almanaque pintoresco y todas sus portadas tienen la imagen de un tipo mechoso, de barba, corbatín, saco y abrigo, al que uno se imagina que es el creador del famoso librito.
Otro almanaque, igual o más famoso en el campo, pero con apenas 100 años de existencia, es el Almanaque de La Cabaña, una publicación colombiana, que resalta los cambios de luna, si estamos en menguante o creciente, y que señala algunos datos de cultura general.
La Cabaña no es un librito como el Bristol, sino una sola página grande, que los abuelos clavan en las paredes de la sala para tener a la mano el dato necesario.
La Cabaña y Bristol marcan toda una etapa cultural de nuestras gentes, lo cual significa que no es cierto que los campesinos no son amigos de la educación y la cultura. Falso. Lo que pasa es que no saben leer ni escribir porque el Estado ha sido incapaz de llegar a todas las veredas, pero poco a poco, paso a paso, como la tortuga, el campesino va llegando a las escuelas y a los colegios y a las universidades.
Bristol y La Cabaña han sido impulsores de la cultura del pueblo. Eso hay que abonárselos.
Otros almanaques, en cambio, son más elitistas, más de caché, más de clase. El Almanaque mundial, por ejemplo, es una enciclopedia que abarca todos los temas habidos y por haber, menos los temas del campo.
Mi mamá sabía cuándo cortarle las ramas al jardín y cuándo sembrar rosas, mirando La Cabaña y Brístol. Mi papá sabía cuándo salir a pescar, según viera el dibujito de la luna en estos mismos almanaques. Y mi abuelo sabía cuándo capar los gatos, de acuerdo con esas publicaciones. Yo, en cambio, no aprendí ni a capar gatos, ni a sembrar rosas, ni a pescar panches. Yo leía el Almanaque mundial y las Agendas bíblicas que venden las editoriales.
