Para nadie es un secreto la ansiedad en la que hemos vivido los colombianos durante las últimas semanas. Noches en vela y madrugadas inquietas pensando en nuestro futuro próximo y en el rumbo que tomará el país tras las elecciones presidenciales.
Esta ha sido, quizás, la campaña electoral más cargada de emociones, miedo y angustia de la historia reciente de Colombia. La conciencia de aquello que podría estar en juego para los ciudadanos, el futuro de la patria y la incertidumbre que lo acompaña, ha logrado llevar a muchos al límite de sus propios sentimientos.
Estamos bajo una continua amenaza emocional y eso, sobre nuestro cuerpo y nuestro sistema nervioso, pasa factura.
Somos seres sentipensantes: sentimos y luego pensamos. Así estamos diseñados biológicamente, es una ventaja adaptativa que nos permite responder ante un peligro inminente, real o imaginario.
Nuestro organismo está preparado para producir el cortisol necesario ante una señal de alarma. Sin embargo, llevamos prácticamente tres semanas bajo una sensación constante de alerta. Esto no solo inflama nuestro organismo, sino que lo irrita colocándolo en una situación de presión emocional permanente.
Quizás lo más preocupante de este fenómeno es que muchas personas ni siquiera son conscientes de lo que les está ocurriendo. Creen que al estar simplemente informadas o interesadas en el acontecer nacional, lo administraran mejor, cuando en realidad llevan días o semanas expuestas a un flujo constante de noticias, discusiones, rumores y escenarios catastróficos que mantienen al cerebro en estado de vigilancia permanente.
Las redes sociales han amplificado este fenómeno. Cada notificación, cada video, cada encuesta y cada discusión parece exigir una reacción inmediata. Poco a poco dejamos de escuchar para empezar a responder; dejamos de reflexionar para reaccionar. En medio de esta dinámica, la conversación pública se vuelve más agresiva y la capacidad de comprender al otro comienza a deteriorarse.
Cuando una sociedad entera funciona desde el miedo, la rabia o la angustia, aumenta la polarización y disminuye la posibilidad de construir soluciones colectivas. Las emociones son necesarias y cumplen una función adaptativa fundamental, pero también requieren ser reconocidas y reguladas. Ignorarlas no las hace desaparecer; por el contrario, suelen expresarse a través de la irritabilidad, la intolerancia, el agotamiento o la desesperanza.
Bajo la angustia es difícil pensar con calma. No se puede funcionar plenamente y lo primero que buscamos es el alivio inmediato. ¿Cómo? Aumentando los desfogues impulsivos, recurriendo a respuestas agresivas o, por el contrario, quedando paralizados por el miedo.
Un caldo de cultivo profundamente peligroso dadas las circunstancias que atraviesa nuestro país.
En momentos como este, cuidar nuestra salud emocional deja de ser un asunto individual para convertirse en una responsabilidad colectiva. Mantenernos informados es importante, pero también lo es encontrar espacios para la reflexión, el descanso y la conversación serena. Ninguna decisión trascendental para una nación se beneficia de una ciudadanía agotada emocionalmente.
Ante el inminente cambio que se avecina, lo principal es mantenernos conscientes de nuestras emociones y encontrar algo de serenidad para poder reflexionar, decidir y actuar con mayor claridad. Porque el futuro de Colombia no dependerá únicamente de los resultados de una elección, sino también de nuestra capacidad para afrontar este momento con sensatez, humanidad y esperanza.
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