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Colombia Primero
La tierra, con su fuerza brutal, nos recordó algo elemental: frente a la vulnerabilidad humana no existen clases sociales ni ideologías. Todos podemos perder. Todos necesitamos del otro.
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Lunes, 17 de Agosto de 2026

Hay momentos en la historia de un país que nos obligan a detenernos. El terremoto que golpeó a Colombia esta semana es uno de ellos. La magnitud 7,4 del sismo y las dolorosas pérdidas humanas y materiales nos han enfrentado nuevamente con nuestra fragilidad.

Pero en medio de la tragedia también ha aparecido otra Colombia. Esa que quizás habíamos olvidado después de tantos años de confrontaciones, insultos y divisiones. La Colombia que corre a ayudar sin preguntar por quién votó el uno o el otro.

Hemos visto ciudadanos, empresarios, organizaciones, rescatistas y voluntarios movilizarse para ayudar. Iniciativas privadas han recaudado recursos, mientras desde diferentes lugares surgen campañas de apoyo para quienes lo perdieron todo. De repente, frente al dolor, las etiquetas desaparecen. Queda simplemente un colombiano tendiéndole la mano a otro.

Durante los últimos años permitimos que la polarización ocupara demasiado espacio en nuestra conversación nacional. Nos acostumbramos a dividirnos entre buenos y malos, ricos y pobres, izquierda y derecha, privilegiados y olvidados. Convertimos diferencias en fronteras emocionales y, muchas veces, construimos enemigos donde simplemente había personas que pensaban diferente.

La tierra, con su fuerza brutal, nos recordó algo elemental: frente a la vulnerabilidad humana no existen clases sociales ni ideologías. Todos podemos perder. Todos necesitamos del otro.

Tal vez sea hora de recuperar ese sentido profundo de hermandad que tantas veces ha caracterizado a los colombianos. Solidaridad no significa pensar igual. Significa entender que nuestras diferencias nunca pueden ser más importantes que nuestra humanidad compartida.

Colombia necesita reconstruir viviendas, hospitales, escuelas y ciudades. Pero quizás también tengamos una reconstrucción más profunda pendiente: la de nuestros vínculos.

Sanar un país implica dejar de alimentar resentimientos, abandonar los discursos que necesitan enfrentar a unos contra otros y reconocer que ninguna nación puede construir futuro desde el odio.

Hoy tenemos una oportunidad dolorosa, pero poderosa para reencontrarnos.

Cuando pase la emergencia no olvidemos las manos que se extendieron entre los escombros. Que recordemos que somos capaces de cuidarnos sin preguntar de qué lado estamos.

Tal vez sea el momento de volver a preguntarnos qué nos une.

Porque Colombia no saldrá adelante desde una orilla contra la otra.

Colombia saldrá adelante cuando entendamos, nuevamente, que este país lo levantamos entre todos.


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