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Croniquilla | La muerte de un Patricio
(Extracto de las palabras que pronuncié el día 27 de julio de 2026 durante las honras fúnebres de Sócrates Gutiérrez Ardila en la iglesia de Nuestra Señora María Auxiliadora de Cúcuta).
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Sábado, 8 de Agosto de 2026

Pasé muchas horas de la tarde en amenas charlas con Sócrates allí en su casa de la avenida primera o en la del barrio La Ceiba. Al despedirme siempre me insistía en que volviera pronto. Gracias a esas tertulias con él obtuve muchos y valiosos datos para mi libro Cerca de las Estrellas, obra   que refiere la historia de Bucarasica, municipio perteneciente a la antigua provincia de Ocaña del departamento Norte de Santander.  

Lo último que vine a saber de su boca, hace pocos días en mi última visita, es una graciosa copla que él recordaba de su infancia escolar. A pesar de sus cien años, su memoria era lúcida y sin lagunas. La copla está construida sin acentos. Dice así: “Estaba la Virgen Maria, debajo de unos arboles, comiéndose unos platanos, y junto a los apostoles”. 

Pero de todas sus anécdotas, la que más me conmovió lo tiene a él de protagonista. Debería figurar en libros de niños héroes y ejemplares. 

Sucedía que Sócrates con su madre doña Carmen y sus hermanos Argemiro y Vidalia, vivían en una casa en el extremo superior del pueblo. El dueño de la casa frecuentemente amenazaba con expulsarlos de allí con algún pretexto. O se la compraban o se iban. 

Sócrates era un adolescente, o casi un niño, tal vez de doce o trece años. Antes tales amenazas él, impotente, sufría al igual que su madre. 

Pero Sócrates tenía su propio negocio, o su emprendimiento como se llama hoy. Cada vez que bajaba al pueblo para asistir a la escuela traía un atado de hojas de bijao para venderlas particularmente en las tiendas. Cada atado valía pocos centavos. Ahorró centavo a centavo hasta que acumuló los pesos que pedía el dueño por la casa. Cuando ya disponía de este capital, le pidió permiso al maestro para ausentarse por tres días. Concedido el permiso, le dijo a doña Carmen que iba a hacer un viaje un poco lejos, pero no le reveló con qué propósito ni adonde.

La madre quiso persuadirlo de que desistiera pues era un niño, y viajar solo a confines ignotos era arriesgado. Pese a todo obtuvo su bendición, y una madrugada se marchó, llevando viandas para el camino, envueltas en hojas de bijao, y café en una botella. En aquel entonces, si el corregimiento de Aguablanca quedaba distante, no se diga el corregimiento de La Curva. Se hospedó en casas de personas caritativas, y se detenía a comer después de una jornada de horas, sentado en una roca o en el tronco de un árbol; al pasar por cierta finca no advirtió que había un toro bravo, que lo embistió y lo sacó a tizón ventiao.  

Al cabo de día y medio de andar y sortear toda clase de incomodidades y peligros, preguntando, preguntando, llegó en La Curva a casa del propietario. Y asumiendo el talante de todo un hombre de negocios, pactó la compra. Entonces, sacó de un pañuelo el dinero del precio y lo entregó. A cambio, el señor le dio la llave de la casa. Día y medio después regresó a brazos de su madre, y le dijo: yo compré esta casa para usted; ya nunca nos volverán a amenazar con sacarnos; la casa es suya, mamá, tome la llave. 

Hubo, pues, un niño que protagonizó una historia prodigiosa. Ese niño merece entrar en la memoria de la humanidad. Se llamaba Sócrates Gutiérrez Ardila. 
Cumplió una centuria, como los árboles de madera fina.  Sus acciones   pregonan y seguirán pregonando su alma noble y generosa a quien Dios seguramente recibirá en su gloria eterna.    


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