Mientras Colombia discute apasionadamente quién tiene la razón en las redes sociales, en el Congreso o en las plazas públicas, la naturaleza no participa del debate. Tal vez nos responde. Y su respuesta o más bien consecuencia son las sequías, temperaturas extremas, incendios y escasez de agua. Al respecto El IDEAM advierte que el fenómeno de El Niño presenta más de 90 % de probabilidad de persistir hasta el primer trimestre de 2027 y estima 69 % de probabilidad de alcanzar una intensidad muy fuerte entre octubre y diciembre.
En este trasfondo, el 10 de agosto un violento sismo de 7,4 grados de magnitud afectó 14 departamentos y cientos de municipios, dejando viviendas, hospitales, escuelas, vías y servicios esenciales comprometidos y se declaró la emergencia económica, social y ecológica. Estos territorios no quedaron vulnerables por el terremoto, el fenómeno desnudó con extrema crudeza una vulnerabilidad construida durante décadas de pobreza, aislamiento, precariedad institucional y violencia.
Y esto ocurrió apenas tres días después de la llegada del presidente de la Espriella al poder, en un país totalmente dividido por la herencia petrista, un conflicto armado activo y no llegó a un Estado sereno, sino en plena transición de poder, y eso convirtió también la catástrofe en una prueba de carga donde importa menos quién gobierna que quién logra auxiliar a los miles de colombianos que en segundos perdieron todo. En medio de todo esto, la política colombiana continúa atrapada en la polarización. Cambian los gobiernos, cambian los discursos y cambian los enemigos, pero persiste la peligrosa costumbre de convertir cada crisis en una oportunidad para la disputa política, en lugar de convertirla en una oportunidad para construir confianza institucional que sea capaz de funcionar independientemente del color político del gobierno.
Los fenómenos naturales irrumpen en la vida sin pedir permiso. En segundos, los territorios donde nos asentamos dejan de ser el escenario estable donde transcurre la vida cotidiana y nos recuerda que las grandes y pequeñas cosas que nos parecen permanentes pueden desaparecer en un instante por que la naturaleza puede en minutos destruir lo que la humanidad tardo años en construir. La planeación y construcción de las ciudades y en este caso la urgente reconstrucción no se puede limitar a reemplazar techos, paredes, puentes y hospitales, sin corregir las condiciones que hicieron tan costosa y devastadora la emergencia. Las decisiones que se tomen sobre el ambiente tarde o temprano pasaran factura.
El páramo de Santurbán es un buen punto de partida para esta reflexión. No es simplemente una montaña hermosa ni un territorio atrapado entre ambientalistas, campesinos, empresas mineras y políticos. Es una fábrica natural de agua que sostiene a millones de personas y una reserva estratégica frente al cambio climático y sus ecosistemas regulan el ciclo hídricoy abastecen a decenas de municipios de Santander y Norte de Santander. Protegerlo no significa abandonar al campesino, y defender al campesino tampoco significa sacrificar el ecosistema. Significa encontrar alternativas económicas sostenibles.
Colombia necesita menos espectáculo político y más prevención, menos discursos sobre el futuro y más decisiones para protegerlo. Porque cuando falta agua, cuando tiembla la tierra o cuando colapsa una comunidad, las ideologías o lo dicho en redes sociales no sirven para beber, reconstruir una vivienda ni salvar una vida.La naturaleza no participa de esto, pero si nos hace saber las consecuencias a todos.
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