Hay palabras que parecen pequeñas hasta que el clima las convierte en geografía. Sequía es una de ellas. En Colombia, donde el agua ha sido durante siglos un componente habitual del paisaje, el fenómeno de El Niño transforma esa cotidianidad en incertidumbre: Ya comenzamos a vivir en un territorio donde el agua deja de ser una certeza y se convierte en una variable política, económica y ecológica, es decir de planificación, gobernanza y futuro.
Dentro de esta “canica azul” como se denominó a nuestro planeta a partir de la fotografía tomada por el Apollo 17 en 1972, Colombia posee una de las mayores riquezas hídricas y biológicas del planeta, pero esa abundancia depende de ecosistemas que funcionan como una infraestructura natural: páramos, bosques, humedales y cuencas que almacenan, regulan y distribuyen el agua. Destruirlos significa debilitar la capacidad del territorio para enfrentar las sequías y adaptarse al cambio climático y El Niño no es, desde luego, una bendición no deseada. Su nombre nació de la observación de los pescadores del Pacífico, que reconocieron alteraciones que aparecían alrededor de la Navidad.
Pero el Niño ya no puede contemplarse únicamente como una oscilación del océano y de la atmósfera. El cambio climático está modificando las condiciones de fondo sobre las que se producen estos episodios, y con ello cambia también la escala de sus consecuencias. La paradoja es que somos uno de los países con mayor riqueza hídrica y biológica del planeta, pero esa abundancia no se distribuye de manera homogénea ni garantiza por sí misma la seguridad del agua.
El Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales pronostica una probabilidad del 63 % de que el fenómeno alcance su mayor intensidad entre noviembre de 2026 y enero de 2027, lo que lo situaría entre los episodios más severos registrados desde 1950. Por eso el verdadero drama de El Niño no está solamente en el termómetro. La crisis climática no siempre llega como catástrofe espectacular; muchas veces se instala silenciosamente en la pérdida acumulada de la capacidad del territorio para resistir.
En ese escenario adquiere particular interés la propuesta ambiental que el presidente electo ha denominado ABC: Agua, Biodiversidad y Comunidades. Su planteamiento parte de que la degradación ambiental no puede separarse de la ausencia estatal, de las economías ilegales y de la pérdida de control territorial. La orientación resulta pertinente, pero su verdadero éxito no dependerá de los discursos, sino de garantizar agua para las comunidades, fortalecer la restauración de los ecosistemas y consolidar una planificación que trascienda los límites administrativos.
Mientras se promueve la adaptación climática y la restauración ecológica, también se contempla ampliar la explotación de hidrocarburos mediante pilotos de fracking. El dilema no es ideológico, sino estratégico: ¿puede un país financiar su adaptación al cambio climático prolongando, al mismo tiempo, su dependencia de los combustibles fósiles? Porque, cuando las lluvias regresan -siempre regresan-, el verdadero balance de la política ambiental no serán los decretos expedidos, ni las hectáreas sembradas para una fotografía oficial, ni los discursos pronunciados en las cumbres internacionales. La historia será mucho más severa. Nos preguntará si fuimos la generación que entendió que la riqueza de Colombia nacía de sus ecosistemas, o la que esperó a que el último río se secará para descubrir que el agua fue siempre la condición misma de nuestra existencia.
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