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Esta es Colombia, Pablo (de M.A Ruan)
Ahora que copiamos de todo, mi abuelo quiso, simplemente, titular igual que Rojas: “Esta es Colombia, Pablo”. Los poemas se llaman igual, pero son versos cuya lirica y prosa distan de coincidir.
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Jueves, 3 de Septiembre de 2026

El libro del poema de Jorge Rojas se titula igual a otro poema que escribió mi abuelo, en 1985.

Él -mi abuelo, Manuel Antonio Ruan Guerrero- dedicaba largas horas a atender a sus pacientes en el San Juan de Dios de Cúcuta,como si buscara, en medio de su misión médica, una versión escrita de la dificultad de la condición humana en Colombia.

Un poco antes, lejos, en el sur, donde se encuentra casi que la Antártida, el poeta Rojas escribió un poema, para contarle a Neruda (Pablo) lo que pasaba en Colombia.

Los dos no se conocieron, pero coincidieron en escribir -puede ser por copia- un poema con el mismo título: “Esta es Colombia, Pablo”.

Tal vez, Pablo era un amigo de mi abuelo cuando caminaba, con desparpajo y pasión, con Eduardo Cote Lamus en las calles de Madrid, durante los años en que Jorge Gaitán Durán vivía en París y viajaba a España a hablar con los nortesantandereanos -pamploneses y cucuteños- sobre versos, así fuera a escondidas del franquismo -quizá-.

Me pregunto, haciendo un paréntesis, ¿qué pasó un poco antes para que de Cúcuta salieran tan buenos poetas -Cote y Gaitán, y otros? La interesante exposición en la biblioteca Julio Pérez Ferrer -el San Juan, antes-  nos da algunas pistas: eran las casas, eran los libros, era el ambiente de los años 1940, 50.

Ahora que copiamos de todo, mi abuelo quiso, simplemente, titular igual que Rojas: “Esta es Colombia, Pablo”. Los poemas se llaman igual, pero son versos cuya lirica y prosa distan de coincidir.

“Esta es Colombia, Pablo, desbordada de lágrimas en el límite puro entre el cielo y el árbol recostada a la sombra de su duelo de espanto llena de puntos blancos de luna y miseria”, escribió aquel médico en el San Juan de Dios y terminó publicando en Bogotá del 1985, en noviembre, al final de ese año “horribilis”.

No era para menos. Declarada la guerra contra el narcotráfico, Belisario Betancourt vivió en ese año -1985, fecha de publicación del poema- un año en “convulsión” y “llanto”, como dice el poema de mi abuelo. Armero quedó bajo las cenizas, igual que el Palacio de Justicia por el fuego de unos guerrilleros asociados con narcotraficantes.

Dolor de patria.Aun así, el poema no es -como verán cuando lo lean- un verso sobre esas tragedias. Es un verso sobre varias tragedias, las tragedias colombianas, atemporales. “Una arquitectura de sueños esfumados sola entre la tragedia”.

Mientras paseo por los estantes de la Feria del Libro de Cúcuta, que está teniendo en lugar esta semana, un carro bomba acaba de explotar en la madrugada del lunes. “Tragedia”. Otro había explotado el 1 de agosto.

Acá sigo, desbordado, aunque, como ese generación dorada que narraba con sus versos la cotidianidad nortesantandereana, con la fe intacta de creer más en los sueños, así sean esfumados, que en las tragedias inconclusas.

Esta es Colombia, Pablo. Este es Norte de Santander.

Imagen eliminada.


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