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Guayabo de 5 millones
El Estado no tiene una máquina mágica de hacer dinero; cada peso que derrocha sale del esfuerzo, el sudor y los impuestos de la gente común.
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Viernes, 4 de Septiembre de 2026

Se acabó la fiesta. El problema de las grandes parrandas no es la noche del baile, la música ruidosa o los brindis con copa llena; el drama llega a la mañana siguiente. Cuando la cabeza retumba, los bolsillos están vacíos y las facturas se acumulan debajo de la puerta, la resaca se vuelve inevitable. Colombia está entrando de lleno en ese frío amanecer financiero, y el guayabo colectivo ya tiene un precio oficial fijado para cada familia en 2027: 5 millones de pesos

Ese es el monto que le correspondería pagar a cada hogar en el país el siguiente año únicamente para cubrir los intereses de la deuda pública del Estado que ya llegan a 94,4. No estamos hablando de un crédito que los ciudadanos hayan pedido para remodelar la casa o pagar la universidad de sus hijos. Es la factura acumulada de un gobierno saliente que se endeudó sin freno a tasas de interés exorbitantes y sin que nadie supiera en qué se invirtió esa plata.

Entre mayo de 2022 y mayo de 2026, la deuda pública del país dio un salto mortal de más de 410 billones de pesos, escalando hasta superar la barrera de los mil cien billones. Si ese rio de dinero gastado se hubiera transformado en autopistas de doble calzada, distritos de riego para el campo, puertos modernos o colegios de última generación, la historia sería distinta. Una deuda bien invertida genera riqueza, dinamiza el empleo y termina pagándose sola.

Pero no fue así. La plata se diluyó en el gasto corriente de la burocracia, escándalos de corrupción, transferencias sin retorno productivo y compromisos de funcionamiento que no dejaron una sola obra relevante. Nos endeudamos para consumir en el presente, comprometiendo el futuro de la nación y de sus habitantes. El resultado es absurdo: hoy el pago de puros intereses devora más recursos del presupuesto nacional que toda la inversión pública del país junta. Se gasta más pagando intereses que en educación o en salud.

En términos cotidianos, esto significa algo devastador: cada hogar colombiano en promedio  trabaja todo enero, febrero y medio marzo solo para pagar los intereses de  la deuda del Estado. De cada cinco días de trabajo, uno se esfuma en intereses.

No podemos seguir gastando así. El Estado no tiene una máquina mágica de hacer dinero; cada peso que derrocha sale del esfuerzo, el sudor y los impuestos de la gente común. Es momento de entender que los recursos son finitos y que la irresponsabilidad fiscal siempre termina golpeando a los más vulnerables.

Si Colombia no aprieta el cinturón, exige disciplina en las cuentas públicas y vuelve a priorizar la inversión productiva sobre el gasto vano, el guayabo no solo será largo y doloroso: se convertirá en nuestro estado permanente.


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