Los románticos dejamos florecer los sentimientos, los vestimos de mar, de cielo, o de jardín, los alzamos en el pico de una gaviota vestida de playa, oteando las barcas que deben partir al encuentro con un sueño.
Recogemos la distancia del olvido, alargamos la del recuerdo y asumimos los caprichos del tiempo, para otorgar a cada pedacito de esperanza el derecho a ser parte de una leyenda personal…y colgarlo en el corazón.
La elegancia de la luz del sol, la melancolía de la luna, la elocuencia del viento, el vagar de las mariposas, nos enseñan a esperar, única condición de la sabiduría para dejar que las cosas bonitas se transfieran al alma.
Apuntalamos los anhelos, inventamos la manera de rescatarlos de la red que los atrapa, para develar los misterios necesarios de comprender -y corregir-, que nos ponen, nuevamente, en la mirada de Dios.
Es un ciclo inagotable del antes con el después, que se vuelve aliento, o se marchita, se torna en bondades pasajeras, o en tristezas que rondan por ahí…largas, interminables, hasta que un duende cariñoso las duerme.
Y en cada amanecer renovamos los votos egoístas de no tener apegos, sino sueños, de dejar que los deseos se aburran de tanta paciencia, ante la perpetuidad de las ilusiones que brotan sin pedirles nada…ni siquiera consejos.
Nos inspiran, la muda elocuencia de la soledad, el sonido bello del silencio, la humildad y la serenidad del búho, y la deliciosa canción universal del infinito, para cultivar los pedacitos en añoranzas vestidas de noche, o de día.
La nostalgia se hace minutos en el reloj, u horas, que nos hacen amar la aurora, otra vez…
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