Nuestra ciudad no solo enfrenta una fuga de capital o una crisis recurrente de empleo; en silencio, y quizá de manera más preocupante, enfrenta una fuga constante de talento, y una región que pierde talento termina perdiendo competitividad, innovación y futuro.
Durante años, la conversación sobre el desarrollo de la ciudad se concentró en problemas estructurales evidentes: desempleo, informalidad, seguridad, cierre de frontera, crisis económica y migración; sin embargo, mientras esos temas ocupaban la atención pública, otro fenómeno comenzó a consolidarse de manera menos visible: miles de jóvenes preparados empezaron a construir su proyecto de vida lejos de la región.
Algunos se van físicamente, otros permanecen en la ciudad, pero trabajan para empresas, mercados y economías externas de manera remota; en ambos casos, el resultado es el mismo: el conocimiento, las capacidades y el potencial productivo terminan fortaleciendo otros territorios. El problema no es que los jóvenes quieran crecer, el problema es que muchos sienten que para hacerlo deben irse.
Según cifras del DANE, Cúcuta y su área metropolitana cerraron 2025 con una tasa de desempleo cercana al 11,1%, ubicándose entre las ciudades con mayores dificultades laborales del país; en el caso de los jóvenes, la situación es aún más compleja: reportes regionales sobre mercado laboral juvenil evidenciaron tasas de desempleo cercanas al 19,7% en la misma vigencia, reflejando las limitadas oportunidades para quienes ingresan al mercado laboral en la región (DANE; análisis regionales de empleo 2025). A esto se suma otro fenómeno preocupante: una proporción significativa de profesionales termina vinculada a actividades informales o en ocupaciones que poco tienen relación con su formación académica, situación que profundiza la sensación de estancamiento y limita la retención de talento calificado en la ciudad.
Una ciudad que forma talento, pero no logra absorberlo, entra lentamente en un ciclo de estancamiento. Las universidades producen capital humano, pero el ecosistema económico no evoluciona al mismo ritmo, el resultado es una sensación cada vez más extendida entre los jóvenes: aquí se puede estudiar, pero no necesariamente construir un proyecto de crecimiento profesional sostenible. Y esa percepción importa.
Porque hoy el talento tiene movilidad, la digitalización y el trabajo remoto transformaron completamente las reglas del mercado laboral; un joven en Cúcuta ya no compite únicamente por empleos locales, también puede trabajar para Bogotá, Medellín, Estados Unidos o Europa sin salir de su habitación. Paradójicamente, esto abre oportunidades individuales, pero también evidencia las limitaciones estructurales de la región para retener perfiles altamente capacitados; la discusión de fondo no es sentimental, es estratégica.
Las economías más competitivas del mundo entendieron hace años que el principal activo de un territorio ya no es únicamente su ubicación geográfica o sus recursos físicos, es su capacidad de atraer, desarrollar y retener talento.
Y ahí es donde Cúcuta enfrenta uno de sus mayores desafíos.
La frontera ha construido históricamente una cultura de adaptación y supervivencia admirable. Pero sobrevivir no basta para consolidar desarrollo, las nuevas generaciones necesitan algo más que resiliencia: necesitan oportunidades reales de crecimiento, ecosistemas empresariales dinámicos, acceso a innovación, confianza institucional y perspectivas de futuro; de lo contrario, la ciudad seguirá perdiendo silenciosamente a quienes podrían transformarla.
El reto no consiste en impedir que los jóvenes se vayan, la movilidad del talento es natural en un mundo globalizado; el verdadero desafío es construir una ciudad donde quedarse también sea una decisión viable y atractiva.
Eso implica fortalecer el tejido empresarial, conectar mejor la educación con las necesidades del mercado, promover sectores de alto valor agregado y entender que la transformación digital no puede limitarse al discurso, debe traducirse en productividad, innovación y empleo calificado.
Porque cuando una ciudad pierde a sus jóvenes más preparados, no pierde únicamente profesionales, pierde capacidad de imaginar un futuro distinto.
Y ninguna región puede aspirar a desarrollarse plenamente mientras su talento más valioso siente que sus oportunidades están en otra parte.
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