El presidente Abelardo de la Espriella encabezó los hechos de orden público más relevantes del país esta semana, en un afán manifiesto por demostrar su firme compromiso con el restablecimiento de la seguridad nacional. El martes lideró un consejo de seguridad en Cúcuta tras el atentado con taxi bomba en Los Patios, el cual cobró la vida de una persona y dejó once heridos, entre ellos un policía con graves mutilaciones. El miércoles hizo acto de presencia en San José del Guaviare para evaluar la Operación Azarías, que resultó en la baja de 23 integrantes de las disidencias de las FARC. Finalmente, ayer en Riohacha, el mandatario reapareció para confirmar el abatimiento de alias “Bendito Menor”, su compañera sentimental alias “La Bebesita” y dos de sus escoltas; una acción con la que se neutralizó al responsable de ordenar el reciente paro armado en el norte de La Guajira y de intimidar a la población mediante extorsiones.
Sin embargo, la indignación pública estalló tras la difusión de un video donde el jefe de Estado camina entre los cadáveres tendidos en el suelo y cubiertos con plástico, exhibiéndolos como trofeos de guerra. Esta victoria militar reabrió un debate ético universal. Como bien sentenció Napoleón Bonaparte: «Un enemigo muerto sigue siendo un hombre», una máxima secular que coincide con el mandato dogmático de los textos sagrados. La Torá exige en el Deuteronomio dar sepultura inmediata a cualquier ejecutado para no profanar la tierra, mientras que el Islam prohíbe tajantemente la mutilación (muthla) o humillación del adversario caído. La dignidad del cuerpo trasciende los actos del criminal en vida.
Esta conducta oficial ignora lecciones milenarias. En La Ilíada, Zeus y Apolo intervienen indignados ante Aquiles por arrastrar el cadáver de Héctor alrededor de Troya, ordenando la devolución del cuerpo a Príamo para brindarle exequias honorables. El poeta Sófocles inmortalizó este dilema en Antígona al proclamar: «No nací para compartir el odio, sino el amor; los muertos, sean quienes sean, demandan su descanso». Invocando esa misma línea moral, el general Robert E. Lee recordaba a sus tropas que «el verdadero valor no requiere ensañarse con el caído».
A propósito de la renuncia de la ministra de Educación, Vivian Morales, quien defendía los valores cristianos en las aulas, conviene recordar que la mejor enseñanza proviene del ejemplo. Un Estado legítimo no debe sembrar la barbarie ni la venganza que tanto daño le han hecho a Colombia. La seguridad exige contundencia táctica, pero nunca la degradación de la condición humana. Como sintetizó con brillantez el filósofo Platón: «La prueba suprema de un Estado virtuoso no es cómo castiga a los malvados, sino cómo respeta la condición humana de sus propios enemigos».
En conclusión, la seguridad exige firmeza, pero la legitimidad del Estado republicano depende del respeto a los límites éticos que las leyes humanas y divinas han fijado a lo largo de la historia. Restablecer la paz no requiere convertir la justicia en un espectáculo trofeísta, sino en la aplicación impecable del derecho.
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