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Más allá del espacio público: la realidad de los vendedores informales
La informalidad laboral en el área metropolitana de Cúcuta superó el 60% de la población ocupada.
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Viernes, 19 de Junio de 2026

Cuando se habla de vendedores informales, el debate suele concentrarse en el uso del espacio público, la movilidad peatonal o el orden urbano, por supuesto temas importantes y legítimos. Sin embargo, cuando la discusión se limita exclusivamente a esos aspectos, corremos el riesgo de ignorar una realidad mucho más profunda: detrás de cada vendedor informal existe una historia humana, económica y social que merece ser comprendida ya que la informalidad no es únicamente un fenómeno urbano; es el reflejo de desafíos estructurales relacionados con empleo, educación, productividad y movilidad social.

En Colombia, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), la informalidad laboral alcanzó el 55,3% durante enero-marzo de 2026, esto significa que más de la mitad de los trabajadores del país generan sus ingresos sin acceso pleno a protección social, estabilidad laboral o mecanismos formales de crecimiento económico y evidencian que la informalidad comercial continúa siendo una de las principales alternativas de generación de ingresos para cientos de miles de hogares colombianos; la situación resulta aún más desafiante en ciudades fronterizas como Cúcuta.

La informalidad laboral en el área metropolitana de Cúcuta superó el 60% de la población ocupada (DANE 2025), ubicándose entre las más altas del país; este dato no representa únicamente un indicador económico; refleja la realidad cotidiana de miles de familias que dependen de actividades informales para garantizar su sustento y es precisamente ahí donde debe comenzar la reflexión.

Basta recorrer el centro de la ciudad, las inmediaciones de mercados populares, zonas comerciales o corredores de mayor afluencia para comprender que detrás de cada puesto de venta existe una historia diferente. Algunos fueron trabajadores formales que perdieron su empleo, otros emprendedores que no encontraron oportunidades dentro de la economía formal; muchos son padres y madres cabeza de hogar que asumieron la venta ambulante como alternativa para sostener a sus familias, también están quienes llegaron a la ciudad producto de fenómenos migratorios que marcaron la frontera durante los últimos años.

Con frecuencia observamos el puesto de venta, pero pocas veces observamos a la persona y entender esa diferencia es fundamental para construir soluciones efectivas; porque la pregunta de fondo no debería ser cuántos vendedores informales hay en la ciudad, sino por qué tantas personas encuentran en la informalidad su principal alternativa económica. La respuesta es compleja y se asocia a múltiples factores: bajos niveles de formación, dificultades para acceder al empleo formal, barreras de acceso al crédito, costos de formalización, limitada generación de empleo y una economía regional históricamente vulnerable a las dinámicas de frontera; todos estos elementos forman parte de una misma realidad que no puede analizarse de manera aislada.

Durante años, Cúcuta ha enfrentado fenómenos que han impactado directamente el mercado laboral: el cierre de la frontera, desaceleración del comercio binacional, crisis económicas recurrentes, migración masiva y limitada diversificación productiva. Todo ello ha contribuido a consolidar una economía donde la informalidad se convirtió para muchos en una estrategia de supervivencia.

Pero comprender las causas no significa resignarse a ellas, por el contrario, implica reconocer que la solución no puede reducirse únicamente a controles, operativos o procesos de recuperación del espacio público; la experiencia nacional e internacional demuestra que los procesos de formalización más exitosos son aquellos que combinan inclusión económica con acompañamiento institucional.

La primera tarea consiste en reconocer que muchos vendedores informales ya poseen capacidades empresariales; compran, venden, administran inventarios, negocian precios y gestionan relaciones con clientes. En otras palabras, desarrollan competencias comerciales que pueden fortalecerse mediante formación y apoyo técnico.

La segunda tarea es facilitar el acceso a mecanismos de financiación, numerosos vendedores permanecen en la informalidad porque no cuentan con historial crediticio, garantías o acceso a productos financieros adecuados para sus necesidades.

La tercera consiste en promover procesos de capacitación en herramientas digitales, comercio electrónico, educación financiera y fortalecimiento empresarial; en un mundo cada vez más conectado, la formalización también debe entenderse como una oportunidad para mejorar la competitividad.

Y una cuarta línea de acción debe orientarse a creación de espacios comerciales organizados, concertados y sostenibles, que permitan armonizar el derecho al trabajo con el uso adecuado del espacio público. La formalización no debe ser entendida como una imposición, debe convertirse en una oportunidad de crecimiento.

La evidencia demuestra que la mayoría de los vendedores informales no permanecen en esa condición por elección, sino por limitaciones asociadas al acceso a empleo, educación, financiamiento y oportunidades de movilidad económica; cuando estas barreras disminuyen, las posibilidades de transición hacia actividades más productivas aumentan significativamente.

Por eso, el debate sobre la informalidad en Cúcuta exige una mirada más amplia, no se trata de escoger entre orden o trabajo, no se trata de enfrentar a comerciantes formales contra vendedores informales, tampoco de desconocer la importancia del espacio público. Se trata de entender que una ciudad verdaderamente competitiva es aquella que logra generar oportunidades para que más ciudadanos puedan crecer, emprender y prosperar dentro de la legalidad y la productividad.

La informalidad no se reduce únicamente con restricciones; se reduce cuando una economía genera oportunidades reales, cuando el emprendimiento encuentra apoyo institucional y cuando las personas tienen caminos viables para progresar.

Necesitamos fortalecer el debate sobre la formalización, pero hacerlo desde la inclusión y no desde la confrontación, porque detrás de cada vendedor informal no hay únicamente una actividad económica, Hay una familia, una historia de esfuerzo y, sobre todo, una persona que también forma parte del futuro productivo de nuestra ciudad.


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