Cerrado el proceso de elección del presidente de Colombia, con los resultados ya conocidos, cabe hacer reflexiones que permitan a quienes se empeñan en un nuevo rumbo para la nación seguir por ese camino.
Los 12.7 millones de votos (48,70%) que respaldaron la fórmula presidencial de Iván Cepeda Castro y Aida Quilcué representan una fuerza de opinión políticamente solvente. Es la suma de ciudadanos con visión renovadora y voluntad de cambio. Quieren una nación donde la vida tenga las garantías del trabajo, de la paz, de cuanto genere igualdad y consolide las condiciones para el Estado social de derecho, del que tanto hablan quienes han creado las barreras para que no tenga vigencia.
Lo que se ha puesto de manifiesto, a pesar del estrecho triunfo de Abelardo de la Espriella, es que la aspiración de los colombianos a una democracia funcional es cada vez mayor. Quieren superar la pobreza (que afecta al 28% de la población) y la injusticia y la desigualdad social (un Gini que históricamente ha rondado entre 0,53 y 0,55) por ser considerado uno de los países más desiguales de América Latina. Están del lado de la paz y de la erradicación de todas las formas de corrupción, de la protección ambiental y de la defensa de la soberanía nacional, contra el colonialismo que conduce a los ultrajes de las potencias adueñadas del mundo.
Y entre las reflexiones que caben respecto a las recientes elecciones está ese entramado del fraude, que consta de varias piezas, como la compra del voto ciudadano, el constreñimiento al elector, la presión sobre los jurados y la utilización tramposa de los mecanismos empleados en el escrutinio de los sufragios. Todo eso conduce a la distorsión del acto electoral, que debe estar exento de tales amarres.
El derecho a elegir sucumbe ante las prácticas viciadas que se emplean en Colombia por parte de aspirantes al poder, que amarran su triunfo con los lazos frágiles de la ilegitimidad.
Son muchas las denuncias presentadas por supuestas trampas en los comicios presidenciales. Esas trampas fueron fuentes surtidoras de los votos con los que ganó de la Espriella. Y el hecho de que su contendor, Iván Cepeda, haya reconocido los resultados no borra la presión ejercida durante buena parte del proceso.
La buena fe con que Cepeda procedió al aceptar los resultados no le resta gravedad a la degradación que implicaron los desatinos consumados. Pierde el país y se desgreña la democracia, por lo que también quedan en entredicho los actores de ese descarrilamiento.
Pero hay que continuar haciendo camino, como señala Machado en su poema.
El camino es dar los pasos con la luz de la democracia. Los pasos que lleven a los anhelos de los partidarios de un rumbo que consolide el fortalecimiento de Colombia como nación, donde la vida no sea una ficción adobada de demagogia, sino una función existencial enriquecida con la dignidad que debe enaltecer al ser humano.
El papel de Cepeda en la oposición no será fácil, pero su liderazgo será indispensable para impedir que Colombia caiga en manos de los oscurantismos que amenazan el Estado de derecho y las libertades democráticas.
Puntada
Gracias al congresista Jairo Humberto Cristo Correa por su homenaje a los periodistas con la condecoración de la Orden de la Democracia Simón Bolívar de la Cámara de Representantes. Muchos más de los galardonados también lo merecían. Pero ellos siguen haciendo respetable su oficio, considerado por Albert Camus el más bello del mundo.
ciceronflorezm@gmail.com
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