En Colombia el Día del Maestro se celebra el 15 de mayo en recordación de San Juan Bautista de La Salle, quien impulsó modelos educativos enfocados en la formación integral.
En 39 municipios de Norte de Santander el total de docentes del sector público llega a 7.323, mientras en la capital departamental más de 4.000 dictan clases en instituciones educativas oficiales. En los colegios privados cucuteños la planta es de 3.000 maestros.
Colombia, de acuerdo con las estadísticas del Ministerio de Educación, 382.000 profesores laboran en colegios, escuelas públicas e instituciones de educación superior en el país.
Tiene que ser reconocida la misión de ese apostolado de educar, formar y ayudarles a abrir caminos a los niños, adolescentes y jóvenes, quienes al lado de ellos permanecen en esa especie de segundo hogar.
Al convertirse los educadores en parte fundamental de la sociedad siguen enfrentando la inseguridad y la estigmatización por parte de los grupos armados ilegales, quienes los amenazan, desplazan, secuestran, asesinan o desaparecen.
De acuerdo con un estudio del Consejo Noruego para Refugiados, en Colombia “la vida de un estudiante o docente estuvo en peligro cada hora”, el año pasado.
Además, la organización consideró que el desplazamiento forzado y el homicidio selectivo de profesores representan una grave amenaza para la educación.
Lo anterior ratifica el alto riesgo -que no debería ser así- alcanzado por una labor tan humana como es la de enseñar a leer y escribir, así como de conducir a los estudiantes por las matemáticas, la filosofía, la lectura, las artes, las ciencias, la estética, entre otras.
Pero, igualmente, un análisis elaborado por el Centro de Innovación Educativa del Politécnico Grancolombiano y la facultad de Educación de la Universidad de La Sabana que se refiere al bienestar docente, muestra altos niveles de deterioro.
Este informe revela que los profesores están siendo fuertemente afectados por la sobrecarga laboral y la falta de apoyo institucional, sumado a todos los efectos de la pandemia, poniendo en estado crítico la permanencia en la profesión y la calidad educativa del país.
Por lo anteriormente señalado quedan dos conclusiones del diagnóstico que no deben dejarse pasar por alto, sino tomarlas en cuenta para la definición de las alternativas de solución:
-Sin maestros con buena salud mental, hoy amenazada por el estrés y condiciones dignas de trabajo, no es posible garantizar aprendizajes de calidad.
-El bienestar docente no es un asunto personal; es un compromiso social y una urgencia educativa para el país.
Que la vocación de enseñar se encuentre, hoy, cercada por toda esa clase de dramáticas situaciones tiene que conducir a revisar todo alrededor de la crisis del bienestar docente para resolverla adecuadamente, elevando su estatus a pilar fundamental, para así conjurar las altas probabilidades de abandono de la profesión que finalmente terminará golpeando a los estudiantes en su derecho a educarse.
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