En medio del fragor de la guerra que azota al Catatumbo, la resiliencia se impone como lo demuestra el crecimiento de la palmicultura en esta subregión de Norte de Santander.
¿Si quitáramos el factor del conflicto armado imaginemos como sería el departamento?
La respuesta sale del mismo Tibú, uno de los municipios severamente golpeados por la violencia, el cual figura -lean bien- en el segundo lugar entre los que tienen mayor número de hectáreas cultivadas con palma de aceite, en Colombia.
Hay que aplaudir ese esfuerzo que se hace en medio del agreste panorama generado por quienes persisten en las acciones armadas contra la población civil y la Fuerza Pública.
Lo que hacen los palmicultores en esa localidad es de la mayor importancia, porque con su labor en beneficio de la economía nacional y local, la generación de empleo y la productividad, refleja que ante el riesgo y el peligro, la mejor respuesta es el trabajo.
De acuerdo con las estadísticas, en el territorio tibuyano se encuentran 1.706 productores de palma de aceite, con un promedio de 22 hectáreas cada uno.
Eso es indicativo importante que refleja de cómo, pese a ser hoy una región cruzada por los enfrentamientos entre los combatientes del Eln y la disidencia de las Farc, la riqueza de su tierra se niega a no seguir produciendo en medio de esta adversidad guerrerista.
“Hoy le quiero hacer un homenaje muy especial a los palmicultores y palmicultoras de esta región que han creído en la palma y que se resisten a la presión de los grupos armados ilegales”, es el mensaje que les envió el presidente ejecutivo de Fedepalma, Nicolás Pérez Marulanda.
Y hay más detrás de todo este escenario favorable que se levanta en medio del drama ocasionado por la conflictividad que ahora también se libra con drones explosivos, en una zona con alta presencia de hoja de coca.
Los pequeños productores son la mejor visión de lo que puede hacerse para dejar atrás los cultivos ilegales. “Que Tibú sea hoy el segundo municipio con más palma demuestra que su gente decidió apostar por la legalidad y la formalización”, fue la otra opinión del dirigente nacional palmicultor.
Buenas noticias como estas sirven, igualmente, para generar motivación, para replicar este ejemplo en otros lugares del departamento y del país, afectados igualmente por los factores violentos.
Oasis de esa naturaleza se convierten, además, en una prueba sobre otra forma de enfrentar a quienes persisten en la anacrónica lucha armada, demostrándoles que la inversión y el desarrollo de alternativas productiva estables y formales.
Esto debe ser tenido en cuenta por los gobiernos nacional y departamental, dentro de los planes para apoyarlos con recursos de fomento y de mejoramiento de la infraestructura vial, porque estos esfuerzos en medio de condiciones como las que ellos atraviesan, obviamente merecen ser no solamente resaltadas sino apoyadas por el Estado.
Este debe ser también un motivo para insistir en que el Catatumbo requiere acciones estatales que realmente lo lleven al sitial que se merece, porque si con guerra logra ponerse en primeros lugares de la economía sectorial, imagínense que sería si el conflicto cesara por siempre.
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