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Editorial
Viacrucis sobre ruedas
Decenas de miles de turistas recorren desde el miércoles Norte de Santander, en una jornada de descanso que en realidad es una especie de viacrucis carretero del que a duras penas sobreviven unos 80 mil vehículos y sus martirizados ocupantes.
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Miércoles, 4 de Abril de 2012

Decenas de miles de turistas recorren desde el miércoles Norte de Santander, en una jornada de descanso que en realidad es una especie de viacrucis carretero del que a duras penas sobreviven unos 80 mil vehículos y sus martirizados ocupantes.

No es posible señalar una sola vía que no ofrezca problemas de deslizamientos, puentes en mal estado, pérdidas de banca, fallas recurrentes, o tramos definitivamente en un estado lamentable de conservación.

Descontando regiones de la Amazonia y la Orinoquia, y remotas zonas de Chocó, es cierta la afirmación de que Norte de Santander es el departamento con el peor sistema carretero de Colombia: sus pocas vías principales son, en tramos, trochas de un solo carril, peligrosas y causantes de retardos injustos y de millonarias pérdidas de material rodante. De las demás, es decir, de las de segundo orden y de las que conducen a regiones apartadas, es mejor no hablar.

No se puede dejar de señalar al invierno como el factor más importante en el deterioro de la malla vial del departamento. Pero tampoco se puede ignorar la negligencia del estado para restaurarla y mantenerla en condiciones adecuadas.

Con todos los problemas de orden social y económico que afrontan Norte de Santander y Cúcuta, no es exagerado afirmar que parecen un departamento y una ciudad olvidados de Dios y de los hombres.

En especial de estos últimos, que no muestran el más elemental interés en ayudar a una región que se ha brindado entera para mantener, en el ritmo que las circunstancias exigen, el ritmo de intercambio comercial que Colombia necesita mantener con Venezuela.

Hace un año, por los días santos, muchas familias del interior del país que confiadas se atrevieron a venir a Cúcuta, quedaron atrapadas, sin poder regresar a sus regiones, porque el invierno inutilizó la mayor parte de las vías.

Un año después, salvo por las condiciones climáticas todavía tranquilas, la situación vial es la misma, o quizás peor. En aquella oportunidad todo fue tan sorpresivo que no dio tiempo a nada. Esta vez, luego de un año de promesas, de intentos frustrados por recuperar la viabilidad, nada se ha logrado, salvo aumentar el nivel de desconfianza de la población en la acción del estado.

En esta oportunidad, un aguacero de cierta importancia, puede generar situaciones similares, y entonces ya no habrá cómo disculpar al gobierno de un año perdido en planes irrealizados, y de protestas y quejas de los transportadores por la manera como vienen creciendo, día a día, los costos de los fletes y los gastos en más y más repuestos para los vehículos.

Da la impresión de que en el alto gobierno se quiere probar el nivel de aguante y de resistencia de los nortesantandereanos ante las adversidades.

Pero ignoran que en esta región, todos los habitantes siempre han distinguido con toda claridad la adversidad de la negligencia y el desinterés.

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