1.
Aunque no se crea comunicarse telefónicamente es de las cosas difíciles. La guía, medio eficaz para encontrar el número deseado, tórnase en laberinto difícil de salir. Con la natural carga sicológica. Cuando se recurre a ella se necesita rápidamente la información. Seguramente en aras del tecnicismo y la especialización, el ordenamiento de personas, lugares, y cosas, se volvió un complique de miedo. En épocas más simples, sin tanto misterio, era manual de diligencia. Las entidades encargadas de elaborarla tenían en cuenta muchos factores. El más importante, seguramente, la circunstancia que la consulta la hacían personas comunes y corrientes. No esos genios de hoy que se encargan de enredar la vida. Palabras del rebusque, sabiduría de pacotilla, reglamentos lineales, hacen parte del nuevo estilo en que se mueve el hombre. Enredado en sus miserias. En medio del esplendor científico que debería hacer más amable el trajín. Y si todas estas dificultades surgen para algo tan sencillo, cómo será cuando se embarque en especializaciones, más cercanas de la ciencia ficción, que de la realidad en la que a diario trabaja. El desmadre. La angustia que se observa en el que se ve en la necesidad de adentrarse en los laberintos del sufrimiento que le ocasionan.
2.
El viacrucis por el desierto de la guía telefónica empieza cuando se necesita tener una visión de veinte sobre veinte para leer letra tan pequeña. Por eso se ha recomendado que la entreguen con lupa y que no se cometan tantos errores en su edición. A la neurosis de las guías telefónicas se unen los teléfonos virtuales. En épocas no muy lejanas, cuando esto eran pueblos, pero pueblos ordenados, había una recepcionista que daba la información. Ahora es un disco en el que la voz melosa de un señor o de una señora informa a donde se ha llamado. A continuación sueltan el número de las extensiones, o que la operadora contestará en caso que se ignore. En este coge coge pasan varios minutos a cargo del dueño del teléfono. Mientras se espera queda cortada toda comunicación y vuelve aparecer el disquito. Viene la debacle. En días pasados se necesitaba hablar con alguien. La empresa en que trabaja se hacía difícil ubicarla en la guía. En medio de tanta averiguación al fin se dio con un número. Se preguntó por el señor que se buscaba. La persona que contesto pidió el número de la cédula para apartar la cita médica. Se le explicó que no se trataba de una consulta sino de hablar con él. Entonces dio un teléfono nacional para que lo ubicaran. Hasta hoy la línea nacional no responde.
3.
Ante este despelote no se sabe si regresar al pasado o viajar al futuro. Seguramente el mañana puede ser de neurosis colectiva en medio de tanto aparataje.
