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Editorial
Violencia
En todos los países del mundo hay conflictos, pequeños o grandes, longevos o nuevos, y de diferentes índoles. Sin embargo en Colombia, hay de todo tipo.
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Sábado, 20 de Septiembre de 2014

Empezando por enumerar el que hemos sufrido durante más de cincuenta años con una ideología muerta, y que nos ha quitado miembros de nuestras familias y sobre todo la esperanza. También tenemos conflictos raciales, porque a pesar de que no tengamos organizaciones como el Ku Kux Klan, sí hemos evidenciado manifestaciones racistas, tanto en los colegios como en las empresas a la hora de buscar trabajo. Y ni qué decir de los conflictos de género o de preferencias sexuales, o también en torno a decisiones como el aborto.

Hay conflictos por todo y violencia por todas partes. Si bien no hay plomo en todas partes, sí hay violencia simbólica en cada rincón del planeta.

Las redes sociales se han llenado de comentarios violentos y enemigos acérrimos de las poblaciones que reivindican ciudadanía, y en las universidades se han reproducido tantas sospechas y recelos que no dan paz a nadie. Por eso estoy convencida de que en Colombia hay más violencia simbólica que violencia activa, y eso es algo que ningún proceso de paz y ninguna desmovilización podrán acabar.

Pero el ejemplo más grande que he percibido sobre este tipo de violencia es la que se ejerce en el sistema de salud. La Ley 100/93 se proyectaba como una importante reforma social en la década de los 90, aunque lo cierto es que sólo ha traído desgracias para los colombianos.

Veintiún años después de expedida, se vuelve cada vez peor. Las clínicas y hospitales están repletos de personas que urgen ser atendidas, las tutelas a las EPS se multiplican y acumulan al infinito, los medicamentos no son suministrados a tiempo o no son suministrados nunca, el Plan Obligatorio de Salud (POS) excluye más situaciones con cada actualización, el número de médicos y enfermeras no da abasto en los centros de atención, los pagos de los salarios de los operadores de la salud son cada vez más tardíos y el estado de las plantas físicas es deplorable.

Y ni hablar del desaseo en las clínicas. Para sacarse una muestra de orina hay que hacer maromas en los baños públicos del hospital, ya que la limpieza en estos espacios falla en exceso.

Hoy en día, nadie se salva de estas situaciones. Ni los niños, ni los ancianos, ni los profesores, ni los que ganan bien y pueden pertenecer al régimen contributivo, ni los que pagan medicina prepagada.

Estas vivencias son el pan de cada día y pertenecen a la violencia simbólica de la que he estado hablando, ya que si bien no golpean a los pacientes, se les da un trato que deja secuelas imborrables, tanto mentales como físicas, ya que los efectos del servicio de salud en Colombia van desde el descontento y la indignación, hasta las numerosas muertes en los pasillos de las clínicas.

Pierre Bourdieu, quien acuñó el concepto de violencia simbólica y trabajó en otros campos del poder que tienen relación con la biología, advirtió correctamente que esta violencia es una de las más nocivas para las sociedades, ya que no sólo efectúa una dominación de unos grupos sobre otros, sino que perpetúan las condiciones que se necesitan para ejercer esta dominación.

No sólo el debate Cepeda vs Uribe ni la trágica muerte de siete policías en Córdoba es violencia, también lo es nuestro sistema de salud.

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