Vivió su vida con ímpetus, como impetuoso es el mar y la ciudad en la que vivió, Barranquilla. Es la vida de Álvaro Cepeda Samudio, narrada de manera amena por una literata de origen francés Claudine Bancelin. A finales de los años 50 y durante toda la década de los 60 en Barranquilla hubo un sitio que se convirtió casi en un mito de la intelectualidad Colombiana, porque fue el lugar de encuentro de escritores, pintores y poetas de la época entre quienes se podía contar a Gabo, Alejandro Obregón, Germán Vargas, Enrique Grau y otros más.
Ese hermoso lugar hoy en día rescatado para la ciudad y la intelectualidad se llama La Cueva. Cuando uno esté de visita por la arenosa no debería de perderse pasar por ese café. Desde la entrada aparece lo que fue la vida del “Cabellón”, como le decían a Cepeda. Es una foto de los años 51 en el aeropuerto Ernesto Cortizos cuando sale la familia y los amigos a recibir a Cepeda quien supuestamente se había ido a estudiar periodismo a Estados Unidos. En el mismo aeropuerto alguien le pregunta a Cepeda por el diploma, seguramente pensando que al bajarse del avión sería lo primero en exhibir el recién llegado. Cual diploma, responde Cepeda, “si yo a lo que fuí a New York, fue a mamar ron”. Esa fue su vida sin fórmulas.
Álvaro Cepeda como bien lo dice el prólogo de La Casa Grande, “dejó una obra inconclusa, desordenada, dispersa, imposible de clasificar en términos convencionales. Pero sus escritos le abrieron nuevos horizontes a la cultura colombiana que llevaba varios años debatiéndose entre la mediocridad, la prosopopeya y la autocomplacencia “. Probablemente una de las mayores equivocaciones en su vida fue la de haberse inmiscuído por varios años en la política y los negocios, que no eran su mundo, ese fue el de Julio Mario Santodomingo, con quien si bien mantuvo una buena amistad y en alguna ocasión lo llevó a la dirección del periódico Diario del Caribe, también lo sacó cualquier día cuando le llevaron el cuento que Cepeda estaba llevando periodistas comunistas al medio de comunicación. Y sucedió lo que suele suceder con ese mundo precario, lleno de espejismos e ilusiones de la política cuando no se le asume con seriedad, que cualquier día termina y de la peor manera. Y algo de eso le sucedió a Cepeda, quien por estar
en ese mundo que no era el de él, dejó de hacer por muchos años lo que realmente debió hacer en su vida: escribir. Cuando Cepeda reacciona ya era tarde, la muerte lo sorprende. Por las calles de Barranquilla su destartalado jeep sin puertas fue muy conocido y popular, especialmente cuando lo estacionaba en un sitio que nunca lo cerraba en Barranquilla, porque ese tampoco tenía puertas, el café Roma en donde también frecuentaba la intelectualidad, así como también en La Tiendecita. Después de este sitio se irían a La Cueva donde se creó el famoso “Grupo de Barranquilla”.
Cepeda de niño alcanzó a vivir una de las peores tragedias que ha vivido el país: la masacre de las bananeras en el año de 1.928. Su casa quedaba al frente del ferrocarril, cerca de la plaza en donde se perpetró la masacre perpetrada en nombre de los intereses de la United Fruit Company. La Casa Grande es considerada uno de los primeros aportes a la novela latinoamericana, que la inmortalizaron después los escritores del boom latinoamericano de escritores que vivieron en París, Cortázar, Vargas Llosa, Onetti, entre otros. De Cepeda se alcanzó a decir que fue el precursor de ese grupo. Dejó tanta huella en Barranquilla y entre sus amigos, que en sus libros dejó la impronta de muchos de ellos, porque si de algo estaba seguro Cepeda, era el valor de la amistad: lo imprescindible de ella para vivir la vida. Tanto que algunos años después de su muerte, sus amigos, borrachos, iban al cementerio de noche, a visitar su tumba, y en medio de ese silencio le golpeaban a su tumba, y le decían: “Despierta, mano, despierta . Ven a beber ron con nosotros “.
