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Editorial
Volvemos a vivir de la esperanza
pablochaconmedinaazul@hotmail.com Me asomo al balcón de mi oficina. Allá abajo, en la esquina de la calle diez con avenida segunda, espejea el sol de manera penetrante. En esta Cúcuta sofocante, donde actualmente la crisis de la economía taladra los huesos, el astro rey adquiere un color blanco, transparente e implacable, como si quisiera señalar con sus rayos de fuego, el dolor y la angustia de los afligidos comerciantes.
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Sábado, 25 de Junio de 2011

Cansada de galopar las calles, tras la búsqueda de tan siquiera un medio sueldo mínimo, una muchacha humilde escampa su sudor, bajo la sombra ocasional de un frondoso árbol. El mundo de la necesidad reverbera por todo su cuerpo, embravecido de calor por las hornillas que brotan de manera natural por todos los rincones de la ciudad.


Los taxistas maldicen por la falta de turistas y por el fardo de ausencias, que les acorta su ración de Hambre. La gente entra a los almacenes, no a comprar ropa, pues ya no tienen ni con qué mandar a lavar la que llevan consigo, sino a mitigar el horno fatigante, con el aire acondicionado que, además, de deliciosamente agradable, es gratuito.

Aparte del lúgubre ambiente de desolación, una fatigosa y espesa nata cubre la ciudad. La temperatura solar, a veces, es tan penetrante, que parece una lámina de fuego, que se puede tocar

con tan solo extender los brazos. Las vitrinas llegan a tal estado de empañamiento, que en vez del vapor natural de la resolana, parecieran llorar la crisis de la ausencia de clientes.

Bandadas de palomas en edad temprana, parecieran ofrecer su virginidad, a cambio de llevar a sus madrigueras, donde viven apiñadas de hambre y de miseria, el sustento diario. Con el pretexto del candente verano, recortan el paso en las esquinas y ligeras de ropa, con unas minifaldas suplicantes, (antes podía decirse insinuantes), ofrecen al mejor postor su mercadería. La única diferencia es que la suya es criolla y tejida a mano, con pedazos de dignidad y retazos de vergüenza. Lamentablemente tienen que salir de ella, para poder adquirir los desechos en serie, que nos llegan del norte por culpa de una apertura complaciente, que ha pretendido abarcarlo todo, hasta el concepto patrio e improstituible, de soberanía.

El desfile de inocentes muslos, recorriendo las calles y avenidas, es un inconsciente canto a la lujuria, que destroza el corazón al mismo tiempo, cuando se entiende que el afán de entrega, es más un culto a la necesidad, que un hermoso poema de amor, donde los cuerpos sean frases que se entrelacen, para rimar sus palpitaciones de palabras, escritas con gotas de sudor y música de fuego, encendidas al oído al descorrerse el lienzo de las sabanas.

Pero la imaginación de la obligada lascivia se interrumpe, por cuenta de un ensordecedor ruido de carros. Me asomo nuevamente al balcón y observo un indetenible rio de automotores, que semejan sonreír con sus bocinas, la llegada de quien fue elegido presidente. Es un grito desgarrador que se desborda, como una cinta blanca de esperanza, iluminando la fronda de los arboles, que parecieran entonar miles de trinos al compas del corazón del visitante, engalanado de millones de metáforas, para vestir la paz de traje largo, en cada palpitar de nuestro pueblo, que se rindió a sus pies, al paso suyo. Al andar de Juan Manuel, por entre la profusa multitud que lo aclamaba, las hojas de los arboles volvieron a recuperar su verdor.

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