-¿Quién es Jeremías? -me preguntó hace ya varios años algún amigo, deseoso de saber quién era el autor de una columna llamada Indicadores, que seudonizaba un tal Jeremías. (Utilizo el verbo seudonizar para estar a tono con los verbos que ahora se estilan: chatear, camellar, pantallar, canalear, blacberrear…).
-No sé -le respondí.
-¡Imposible que no lo sepa! ¡Si usted es de la casa!
La gente cree que por ser columnista de La Opinión y haber sido corrector de estilo y ser colaborador ocasional de Imágenes, tengo acciones en el periódico y soy socio de los Colmenares. Cuando me lo dicen, yo saco pecho, sueño unas milésimas de segundo, pero luego vuelvo a desinflarme y a seguir buscando tema para la columna del otro día.
Lo único que yo sabía de Jeremías es lo que sabe cualquier lector de la Biblia: Que fue un profeta hebreo, de por allá los años 600 ó 500 antes de Cristo, que perteneció a una familia de sacerdotes, que profetizaba lo que iría a suceder, que hablaba de castigos que vendrían sobre su pueblo si no se componían viejas y malsanas costumbres, en fin, que ponía el dedo en la llaga, y que por eso algunos no lo querían, pero la gran mayoría lo acataba, lo saludaba de venia y lo llamaba Maestro. Y que había publicado algunos libros de Profecías y de Lamentaciones. Mis conocimientos jeremíacos no iban más allá.
Pero Jeremías, el de Indicadores, siguió escribiendo, pisando callos, diciendo cosas, revelando secretos y acertando en sus profecías y en sus lamentaciones. Cierto día el cuento se regó. No supe quién sería el infidente o el traidor, pero se supo que tras Jeremías se ocultaba la castiza y sagaz pluma de Cicerón Ángel Flórez Moya.
Sí, Jeremías era el mismo subdirector del periódico, el que un día, para bien de Cúcuta y de Norte de Santander extravió su camino y, despistado, vino a dar a estas tierras, invitado por los esposos Crovo (Andrés y María Elena) para que les ayudara en su periódico El Mural. Cicerón, el que se amañó con los calores cucuteños, con la brisa de los atardeceres, con las luces del Faro del Catatumbo… y se quedó. Para siempre. El que otro día arrancó en un nuevo proyecto, el de La Opinión, al lado de Virgilio Barco y Eustorgio Colmenares Baptista, y supo, entonces, que se había vuelto cucuteño. “De aquí me sacarán muerto”, dizque dijo alguna vez. Y dizque antes que Samper, ya Cicerón lo había dicho: “Aquí estoy y aquí me quedo”. Ese era Jeremías, el nuestro.
Jeremías era el mismo Cicerón, nacido en Condoto, criado en Buenaventura y bachiller de Manizales. Andariego el muchacho.
El mismo que se hizo periodista a pulso propio, que había trabajado al lado de Alberto Lleras Camargo. Cicerón, el escritor, el poeta, el amigo del padre Camilo Torres, de Eduardo Cote Lamus y de García Márquez. El mismo a quien alguna vez llamaron y siguieron llamando Maestro, porque enseña con lo que escribe y con lo que dice.
Pues bien. La columna Indicadores, de dos veces a la semana, se volvió imprescindible para los lectores de La Opinión. Por lo bien escrita. Por lo profética. Por lo que enseñaba. Por eso, este año, cuando Cicerón tuvo quebrantos de salud, fueron muchos los que extrañaron al Maestro: Los que leían sus editoriales. Los que todas las tardes lo acompañaban a jugar ajedrez. Los que lo acompañaban en sus tertulias literarias. Los que disfrutaban con sus amenas charlas y sus carcajadas. Pero, sobre todo, los que esperaban ansiosos sus Indicadores.
La noticia, entonces, de esta semana fue grata, inmensa, satisfactoria: Volvió Jeremías. Ahí está nuevamente su columna, después de varios meses de ausencia. Ahí está Indicadores, con su pluma irremplazable, su estilo propio y su sabiduría cotidiana. Volvió Jeremías. Volvió el Maestro. Volvió Cicerón. Y regresó pisando fuerte, porque ahora llega estrenando nuevo premio: El de Periodismo Simón Bolívar, Premio a toda una vida. Más que justo. Más que merecido. Más que bueno.
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