Hacían solo tres y media horas cuando yo regresaba al epicentro de la perturbación. Con dificultad, entre la recia multitud vociferante, me abrí paso hasta llegar a la puerta del edificio Mejía, exacto hipocentro de la tragedia, donde yacían velas encendidas alrededor del charco de sangre del inmolado y unas cuantas rezanderas elevaban sus plegarias junto a los lamentos de oportunas plañideras y, como eco a sus heridos sentimientos, los hijueputazos de la turba ya hincha, por su líder y el embriague.
Continuar el recorrido por la séptima, hacia la Plaza Mayor, me sobrecogía el observar el desorden y la destrucción que se iniciaba de tantos sitios que, a pesar de los pocos años de haber yo llegado a la capital, me eran familiares y ya acumulaban amables remembranzas en mi adolescencia. Al mirar en los altos del Café El Molino evoqué el gigantesco pizarrón en el que El Espectador, escrito con tiza blanca, publicaba como un extra las noticias más sobresalientes del momento. Recordé la tarde que leí, con sobresalto, “20.000 muertos en Cúcuta por terremoto” ay, no, no era Cúcuta, era Calcuta. Y avanzando ya por la Tercera calle Real, el café Windsor con sus billares y su excelente cocina y muy selectos en la escogencia de su personal. Allí conocí y me sonsaqué una tierna y bella mujer. Gané su cariño y favores habiéndola invitándola al Teatro Real, justo al frente del Windsor, a ver la función que presentaba a Lola Flórez, La Faraona, muy jovencita, cantando y bailando y Antonio, el guitarrista, con quien se desposaría años después. El teatro Real como cine, era el de los estrenos de las películas mexicanas y como teatro, escenario para periódicas presentaciones de artistas o grupos escénicos de paso por Bogotá. Horas más tarde esos locales serían, lamentablemente, consumidos por el fuego de la iracundia irracional.
Por la Segunda calle Real, sector de la calle 12 a la 13, las cosas empeoraban. El sagrado recinto del templo consagrado a Santo Domingo había sido profanado por la turba hostil y anticlerical, incendiándolo sin misericordia alguna. El edificio Murillo Toro, sede del Ministerio de Correos y Telégrafos, se salvó de las llamas gracias a la férrea defensa que hicieron los telegrafistas que allí laboraban.
La cuadra de la Primera calle Real era un cuadro de desolación total. Allí había establecimientos de comercio, oficinas, hoteles, cafés y apartamentos residenciales, todos en proceso de destrucción por la acción demencial de la protesta. La Perfumería París, la Foto Gaitán, El café Niza, el hotel Atlántico, El café Europa, la Emisora La Voz de la Víctor y, en sus bajos, mi amada botica, la droguería Riaño; que dolor, que pena. Alguien susurró a mi oído, “aquí comenzó el incendio de la séptima”. Y me acordé de las capsulitas fétidas con que fastidiábamos a la plebe en aquellas noches de viernes culturales…
Llegado a la esquina de la calle 11, subí hacia la carrera 6ª.. Una pedrada sobre la vitrina del viejo local de la chocolatería frente a la puerta falsa de la catedral, había dado escape a los centenares de cangrejos de las charcas del Tequendama que eran apetecible plato en ese lugar. Dentro del local, propietarios y empleados a puerta cerrada, defendían su sustento frente a la hambrienta horda. Yo también hubiera querido saborear una olorosa taza de chocolate, acompañada de una garulla y buen trozo del queso cuajada como otras veces lo había degustado allí.
Llegado a la carrera 6ª.me estremeció el incendio que devoraba el Palacio de la Justicia, austera construcción en cemento gris con gran portón de entrada, enmarcado por dos gigantescas estatuas que personalizaban la Justicia, una con la balanza de la equidad y la otra con la espada, símbolo de la Ley y el orden, elementos que, a la final, fue lo único que quedó en pie en esa esquina. Al edificio contiguo, la casa Rey, famoso almacén de juguetería, las flamas del incendio del vecino lo abrasaron y sus muñecos de celuloide contribuyeron a la intensificación de la hecatombe. El cielo empezó a encapotarse, preludio de la lluvia oportuna y como una señal celestial de conmiseración hacia la ciudad del bien y del mal.
La radio constituía en esa época el medio informativo de la actualidad al momento sobre los acontecimientos locativos, nacionales e internacionales; la distracción hogareña, con la programación de radio-novelas, espacios de humor, concursos con participación de los asistentes a radio-teatros de las emisoras Nuevo Mundo, Nueva Granada, Voz de Bogotá, entre otras. A mí me gustaba participar de estos certámenes y para llegar al escenario me valía de truquitos como el ir acompañado de tres o cuatro amigos qué, al momento que el animador pedía un voluntario, yo me hacía el que no quería mientras mis adláteres me señalaban con insistencia y algarabía, logrando la percepción del o la animadora que me instaba a subir a participar. Hacían preguntas directas o con participación de radio oyentes vía teléfono y yo debía contestarlas, Eran preguntas disimiles relativas a hechos, personajes, cálculos matemáticos y, por algún designio del Señor de Arriba, con casi todas las preguntas parecía que yo mismo las hubiese preparado. Es lo que me sucedió el domingo 4, a cinco días del bogotazo.
El “Tocayo Ceballos” era un hombre muy popular y conducía sus programas en la emisora “La Voz de Bogotá” situada al costado oriental del parque Santander. Chocolate “La Especial” auspiciaba su especial dominical concurso de preguntas y respuestas. Los participantes, desde su casa, deberían llamar al estudio al momento que el Tocayo daba la señal colgando su auricular telefónico. Centenares de oyentes marcaban el número solo para oír el tono de ocupado, pero no yo. El único afortunado que lograba la comunicación era yo que, ¿Cómo? Fácil, Mientras el Tocayo peroraba las instrucciones, yo ya marcaba los primeros cuatro números y el quinto lo retenía al máximo del dial y, en el momento en que oía el clic de la colgada del Tocayo, yo devolvía con rapidez el disco y, conexión primaria! Fueron cinco preguntas y cinco fueron mi respuesta y cincuenta fueron las libras de chocolate La Especial que premiaron mi sapiencia. Bendito cacao que reclamé el martes y guardé para negociarlo con la chocolatería de frente a la puerta falsa de la catedral y, por fortuna, no adelanté acción alguna en el resto de esa semana.
El viernes amargo, el aguacero que empezó iniciando el anochecer se extendió hasta la madrugada. El ejército, acuartelado en Usaquén, recibió orden de tomarse la ciudad a eso de las diez de la noche. Afortunadamente, la pertinaz lluvia contribuyó a que no se presentaran mayores enfrentamientos entre la tropa y los amotinados a los que se sumaba la policía disidente. No obstante, los muertos fueron arriba de los dos mil quinientos que en la tarde del sábado se apilaban en el cementerio central y, entre ellos, un cuerpo desnudo con corbata al cuello, que la lente de un joven fotógrafo, “Manuelache”, supo captar en blanco y negro como epígrafe a su labor de periodista gráfico. Las noticias que llegaban de la provincia evidenciaban severos desmanes en ciudades y pueblos, señal agorera de tiempos de violencia por venir.
El domingo, sin manera de transporte mayor alguno, debí alquilar una bicicleta y marcar rumbo hacia la calle 85 con carrera 24, diez kilómetros aproximados y que me conducía a la Florecita de mis ilusiones. En la parrillita trasera, diez libras de chocolate. Florecita y su familia estaban bien. Carlos Augusto, su hermano y quién era mi compañero en el juego de billar del viernes trágico, me relató qué, mientras yo tiraba el taco sobre la mesa y me lanzaba hacia la calle, él se quedó de expectante observador desde donde fue testigo de mi quehacer allá abajo y de todo detalle de lo que aconteció en esa cuadra y en el cruce de la avenida Jiménez. Permaneció en ese crucero el resto de la tarde siendo testigo de los estragos que causaba la turba con su ulular vociferante. Se fue a lo largo de la séptima para ver la conflagración del Hotel Regina, los intentos de tomarse las iglesias San Francisco, la Veracruz y la Tercera, seguramente con el ánimo de saquearlas y quemarlas como lo hicieron con la Santo Domingo, Fue testigo de primera línea en la invasión y quema de esa bella joya colonial del edificio del correo en la calle diez y ocho, tan cara a nuestros recuerdos y sentimientos y al que íbamos diariamente a retirar el correo como parte de nuestro trabajo. Al tomar fuerza el aguacero, Carlos Augusto, en llegando al parque del Centenario en la calle 26, bajó rumbo a la avenida Caracas en conjunto con una muchedumbre que ansiosamente esperaban encontrar algún medio de transporte pero nada sobre ruedas se movía a esa hora y caminar era única alternativa en ese momento, en una noche obscura y bajo la más pertinaz lluvia. Nadie hablaba, nadie se miraba. Carlos me contó que en el recorrido por la séptima, de un almacén de finos artículos para señores que estaba siendo saqueado, salió volando un sombrero negro que él apañó y colocó sobre su cabeza como gorro protector contra el agua. Pasada la media noche Carlos Augusto llegó a su casa para alivio de la familia angustiada. El sombrero resulto ser un legítimo Barbisio de esos destinados a uso exclusivo de los políticos. Carlos me lo obsequió y aún lo conservo, aunque nunca lo usé.
El chocolate llegó en momento oportuno. Carlos había tratado de conseguir víveres en la cercana plaza de mercado del Siete de Agosto pero infructuosamente, todo estaba cerrado y la tropa custodiaba esos abastos de alimentos para evitar el pillaje. Menos mal que en el vecindario había potreros y vaquerías de donde consiguieron leche y queso fresco, aunque los ladinos dueños doblaron el precio de su producto. Que delicia de cacao y en pura leche, acompañados de arepa hogareña amasada en casa por las manitas de Florecita. Aún hoy, seis décadas transcurridas desde aquella época y habiendo libado toda clase de bebidas chocolatadas, incluyendo exclusivas y refinadas que se ofrecen en Suiza, en Bariloche, en Méjico, jamás hubo alguna que superara aquella taza humeante, espumosa y de embriagante aroma que saboreé con deleite aquel domingo 11 de abril de 1.948.
El lunes siguiente, bajo estricta ley marcial, se iba regresando a la normalidad. Las especulaciones sobre el crimen del líder iban desde culpar al partido comunista internacional, bajo los auspicios de la Unión Soviética, quienes buscaban boicotear la IX Conferencia Panamericana, donde la influencia de los Estados Unidos era tan notoria que en el transcurso de la misma se habían oído voces altisonantes de protesta y denuncia, tales como la del canciller argentino que representaba el régimen peronista y otras.
También se culpaba al régimen conservador, temeroso que Gaitán ganaría las elecciones presidenciales de mil novecientos cincuenta, cosa probable dada la creciente popularidad del “Negro” que ya había tomado la conducción del partido Liberal. Otras consejas del cotarro capitalino daban oídas a “líos de faldas”, venganza de la parte perdedora en el reciente juicio al teniente Cendales con clamoroso triunfo de Gaitán como su defensor. También se especulaba que el presunto asesino, identificado como Juan Roa Sierra, un hombre del común que había visitado en dos veces al doctor Gaitán en su oficina para solicitar su ayuda y que al no ver resultado alguno, su esquizofrenia le indujo a perpetrar el atentado. El gobierno del doctor Ospina Pérez designo como investigador especial al doctor Jordán Jiménez y pidió la colaboración a Scotland Yard de Inglaterra. Nunca se esclareció el caso.
A muy alto costo la capital fue regresando a la normalidad mientras el país se sumergía en la ciénaga de la violencia desangrante que, a más de sesenta años, continúa lacerante.
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