El barrio donde nací, donde leí los primeros libros, donde escribí los primeros poemas, donde tuve mi primer amor contrariado y donde padecí los estragos memorables de mi primera borrachera adolescente. De modo que fui a las fiestas del barrio San José con la intención de escribir por fin un artículo favorable pero encontré en cambio muchas cosas que criticar:
1) San José es un hombre de yeso de medio metro de estatura, encerrado en una cabina de cemento armado, con rejas metálicas, y olvidado para siempre de la mano de Dios. No sé si los creyentes fervorosos del barrio se han dado cuenta que a San José nadie lo baña: lo encontré sucio, con moho en las barbas, con sus ropas hediondas y las orejas llenas de costras. Hace más de dos mil años no se afeita pero tampoco nadie le hace la caridad de regalarle un jabón. La falta de baños públicos durante las fiestas (para el público y no solo para los que compran la boleta de los conciertos) hizo que los borrachitos descargaran sus urgencias a los pies del santo.
2) Este año las fiestas fueron vendidas a la emisora Radio Uno y nadie conoce los términos de ese acuerdo. Sepan los señores de la Junta de Acción Comunal que en el barrio no impera una monarquía y por eso es necesario que las decisiones se consulten. La mayoría de las familias con quienes hablé me expresaron su inconformidad de que privatizaran lo que en otros años era de consumo público.
3) Hasta el momento nadie sabe cuánto dinero entra y cuánto sale y cuánto queda de las fiestas de San José. No es muy creíble el argumento de que siempre dejan pérdidas. Y si dejan pérdidas ¿por qué no muestran la contabilidad?
4) En el afán por cercar la cancha de basquetbol (donde se hacían los conciertos) taponaron la salida y entrada a la casa de un vecino. Es lo que sucede cuando las cosas se privatizan: la gente tiene que aguantarse la arbitrariedad de los atropellos.
5) No todo fue malo, claro. Las actividades deportivas y el espacio infantil fue una jornada de aliento.
Propuestas:
1) Propongo que para el próximo año se conforme un “Comité pro-fiestas del barrio San José” en la que la Junta de Acción Comunal tenga apenas un 50 por ciento de participación.
2) Que cada fiesta deje una obra para el barrio. Hace rato el jardín infantil de la calle 21 necesita un reductor de velocidad y creo que de los dineros que dejan las fiestas se podría hacer esa obra.
3) Que los organizadores hagan una rendición de cuentas. Es importante que se diga cuánta plata entra y sale en esas fiestas.
4) Y, por último: es necesario crear un tribunal de ética que fiscalice todos los movimientos financieros. No dudo de la trasparencia de los que organizan las fiestas, pero al no haber control sobre las finanzas a veces sopla el viento y las cosas se pierden.
Quería escribir sobre el barrio: la larga lengua de asfalto de la avenida veinte. El polvillo bíblico sobre las frondas reverdecidas del parque. La luz amarilla y las novias fugaces. Pero ya ven (y ustedes son testigos), iba a escribir un artículo favorable pero viene la política y lo arruina todo.
