Un amigo, venido de Bogotá, a quien invité a recorrer la ciudad para que viera las luces del parque de Santander, el pesebre carranguero de la Secretaría de Cultura Municipal y el ambiente navideño, se extrañó de tanta soledad, y me preguntó:
-¿Qué pasa? ¿Por qué todo está tan solo? ¿Se murió Chávez y la gente está en las iglesias dando gracias a Dios? ¿O sería que Ortega, el de Nicaragua, le declaró la guerra a Colombia en el mar, y la gente está viendo el noticiero? ¿Qué sucede, ah, qué sucede?
Tranquilicé a mi amigo, como pude:
-Tranquilo, hermano, nada de eso. Si se muere Chávez, no se alegra todo el mundo; y Ortega no se mete en profundidades de una guerra oceánica. Lo que pasa es que hoy se juega el Cúcuta Deportivo su permanencia en la A.
-¿Y dónde está la gente?
-Unos en el estadio. A esta hora el General Santander debe estar que se revienta. Otros, en las cantinas viendo el partido por televisión. O en sus casas, aquellos a quienes les sale el canal que trasmite el partido, gozándoselo por la tele.
-¿O sea que las ansias de gol paralizan a esta ciudad? No lo puedo creer.
Me di a la tarea de explicarle que la mejor hinchada del país es la del Cúcuta Deportivo, que la camiseta rojinegra aquí es una insignia, y que si yo no andaba por allá en las tribunas era porque me había sacrificado por él, por ser mi amigo, pues yo bien sé que no es aficionado al fútbol.
Mi amigo me dio las gracias, y yo seguí hablándole con profunda emoción patriótica de lo que significa para nosotros que el Cúcuta juegue, que el Cúcuta gane, que el Cúcuta no se deje mandar para la B. Más que la salud de Chávez, más que los fallos de la Corte de la Haya, más que las peleas de Santos y de Uribe, nos importa el Cúcuta Deportivo, el muchas veces glorioso, el de la verraquera motilona, el que nos sacude las fibras más íntimas del corazón y del bolsillo.
Mi amigo no quedó muy convencido con la perorata. De modo que lo invité a que pasáramos por las cercanías del Estadio, y allí vio, de cerca, a los hinchas que no pudieron entrar, los que se quedaron sin boleta, los que se encaramaban a los árboles cercanos para no perderse el encuentro, los que gritaban desde los edificios vecinos, los vendedores de bofe, agua y chicharrón que esperaban la salida, para vender sus saldos gastronómicos. Pudo escuchar la gritería que salía del estadio y ver cómo se sacudían las graderías con el estremecimiento de los asistentes, el sonido de tamboras y trompetas.
Cuando el partido finalizó, ya estábamos de regreso a casa. Entonces vio las caravanas de carros con su pitadera, el estruendo de las motos y la polvorada que se formó. El Cúcuta, sin ganar el partido, había ganado, algo que mi amigo no pudo entender. Pero lo que sí le quedó muy claro es que los cucuteños vivimos de las glorias del Cúcuta, que nos alebrestamos con sus triunfos y nos achicopalamos con sus derrotas. Por eso hacemos lo que sea, por un gol de nuestro equipo rojinegro.
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