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El último romántico
~ "Los costeños somos la gente más triste del mundo. Gaceta de Colcultura, 1981", Gabriel García Márquez.~
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Lunes, 25 de Agosto de 2014
~"Los costeños somos la gente más triste del mundo. Gaceta de Colcultura, 1981", Gabriel García Márquez.~
Por muchos años El amor en los tiempos del cólera  será el libro romántico de la literatura latinoamericana y por qué no,  uno de los mejores de la literatura mundial al lado o por  encima, tal vez,  de Romeo y Julieta, de William Shakespeare,  Desayuno en Tiffany’s, de Truman Capote,  Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, Anna Karenina, de León Tolstoi  o Madame Bovary, de Gustave Flaubert.

No otra cosa podrá decirse de una  espléndida pero turbia historia de amor que exclama: ”Sólo porque alguien no te ame como tú quieres, no significa que no te ame con todo su ser.” Su autor varias  veces afirmó con su característica vehemencia que ese era su libro.

Desde aquí,  mi complicidad con Gabo cuando dijo que era su libro, pero a eso habrá que agregar aquello que dice también: “ la literatura, como la poesía y las artes, en general, no pertenecen  a quien las hace, a quien las construye, sino a quien las necesita.” Sé, desde luego, que al  declarar  El amor en los tiempos del cólera como su libro, sólo quería  significar  que era su preferido y que sería el que quedaría en la memoria de los lectores. Arriesgada afirmación.

Aunque, sin duda, un regalo romántico e inolvidable  para la especie humana.  Leer una novela de amor…, una novela como El amor en los tiempos del cólera, ¡Ah, qué placer! Sumergirse en la intimidad de una pareja, bucear por entre los entresijos del alma humana, descubrir otra época, otra historia, otras vidas y, sin embargo, sentir que el autor está poniendo en palabras aquello que nosotros sentimos, pero que  no sabemos llevar al mundo de las palabras no porque “el mundo fuera tan reciente que las cosas carecieran de nombre y que para nombrarlas hubiera que señalarlas con el dedo,” (Cien años de soledad) sino porque el disfrute de una   prosa cristalina  vuela  como una brisa de verano a medida que el narrador sigue los pasos de la  paradójicamente  frágil  Fermina Daza a través del goteo continuo  de cartas que Florentino Ariza hace caminar hasta las manos de su amada con la delicada  complacencia  de la tía Escolástica, convirtiendo la historia en patrimonio personal del lector.

Fermina Daza, Juvenal Urbino y Florentino Ariza, constituyen un triángulo actancial  romántico que rebosa elegancia, delicadeza y melancolía sin esconder la resistencia natural y emotiva de toda mujer, aunque su corazón piense lo contrario como cuando Florentino Ariza, enamorado, insiste en su declaración de amor y Fermina responde : “Lárgate y no te dejes ver nunca más en los años que te queden de vida… espero que sean muy pocos.” Un escenario siempre fascinante de la Cartagena de principios del siglo XX  y  de fondo, una tristeza que fluye como un río subterráneo, desembocando en el fin de un sueño. El sueño perpetuado  de Florentino Ariza a  Fermina Daza, cuando le  dice: “Fermina, he esperado esta oportunidad durante 51 años, nueve meses y cuatro días. Tanto tiempo así la he amado, desde el primer momento en que posé mis ojos en usted, hasta ahora. Le repito nuevamente el juramento de mi fidelidad eterna y mi amor para siempre.”

Una ciudad mítica en la que su ruta geográfica evoca sitios y lugares con historias  que hacen suspirar y entender el amor como la más real y  mágica, a la vez,  de las acciones humanas. Una ciudad que cómo será de noble  que después de cuatrocientos años, afirma el doctor Urbino, hemos  estado tratando de acabar y todavía no  lo logramos.

Una mansión llamada ciudad que esconde pasiones, ansias y secretos de encuentros amorosos nada pacatos: “Amor del alma de la cintura para arriba y amor del cuerpo de la cintura para abajo, le dijo  Sara Noriega a Florentino Ariza, quien además dijo que nada de lo que se haga en la cama es inmoral mientras ayude a perpetuar el amor.” y harto inseguros en el amor por los celos arrinconados aún en la muerte: “Nunca he estado en la misma cama con ningún otro hombre. Ay... aparte de mi difunto esposo, dijo Fermina Daza - . Ahora Él está en su ataúd bajo tierra. Soy tan feliz. Soy feliz porque sólo ahora sé con seguridad dónde está  Él,  cuando no está conmigo-.”

El último romántico de la novela, Florentino Ariza, ese que sabe  que es  el último  romántico, aquel que como Nicola Di Bari  “cuando da una flor sin decir nada, sabe ver y comprende por la expresión de tu rostro y el temblor que hay en tu mano, si me amas....” Así, aunque no aparece en la novela una sola de las cartas de Florentino Ariza a Fermina,  así, es fácil entender su  amor  por ella; que no,  por el calentamiento  constante de su brazo  con sus amantes furtivas sobre todo cuando convence a la viuda de Nazaret de lo que para ese momento era un objetivo en su vida, entregarse virgen pero experimentado a Fermina: la convenció que uno viene al mundo con los polvos contados, y que los que no se usan por cualquier causa, propia o ajena, voluntaria o forzosa, se pierden para siempre.  Grandes personajes de la historia han abierto con una furia sensible y amorosa la alegría de su corazón a la mujer amada. Sólo el amor puede despertar emociones tan extremas.
 
Enrique VIII enloqueció por Ana  Bolena antes de ordenar su muerte, Napoleón sufrió por el desdén de Josefina, Perón tuvo en Evita su “tesoro adorado”. Simón Bolívar le escribía a Manuela Sáenz entre batalla y batalla, Sigmund Freud le envió más de 900 cartas a Martha Bernays, Gabriela Mistral puso por escrito su pasión por el poeta Manuel Magallanes Moure, Pablo Neruda le envió centenares de arrebatadas epístolas a Matilde mezclando besos con encargos de comida y tabaco.

“Más que los besos, son las cartas las que unen las almas”, escribió John Donne en el siglo XVI. En diferentes épocas y escenarios, los protagonistas de la historia han volcado por igual sus sentimientos, no siempre correspondidos, a través de cartas que demuestran que sólo el amor es capaz de desnudar el alma de hombres y mujeres, cualquiera sea su origen, edad o condición social.

Finalmente,  el mejor y más profundo gemido epistolar jamás escrito: el del doctor Juvenal Urbino agonizante a Fermina, el día de su muerte : “Sólo Dios sabe cuánto te quise.”


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