Suscríbete
Elecciones 2023 Elecciones 2023 mobile
Columnistas
Cesó la horrible noche
¿Cómo llegamos hasta aquí? Fueron cuatro años marcados por una permanente confrontación institucional.
Authored by
Jueves, 13 de Agosto de 2026

No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se venza y asi como se celebraba por la primera dama bailando, la vice en Helicóptero y el presi en agendas privadas, termina la administración de Gustavo Petro y comienza un nuevo capítulo en la historia de Colombia, porque no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista y ciertamente ya le llevaba yo el conteo en el periódico salía 3 y 4 veces en una misma publicación diariamente y en todas era por alguna de sus innumerables salidas en falso una cantinflada tras otra.

Sería muy fácil iniciar este análisis enumerando los errores del gobierno saliente: que Petro hizo esto, que Petro hizo aquello. Seguramente habrá tiempo para revisar cada uno de esos aspectos. Sin embargo, quisiera proponer una reflexión diferente. La pregunta que deberíamos hacernos como país no es únicamente qué hizo mal este gobierno, sino ¿qué aprendimos de todo esto?

Durante estos meses, cuando terminaba mi columna, acostumbraba despedirme con una pregunta: ¿Qué aprendimos hoy? Creo que esa misma pregunta es la que hoy debemos formularnos como sociedad. ¿Qué nos dejaron estos cuatro años? ¿Cómo llegamos hasta aquí? Fueron cuatro años marcados por una permanente confrontación institucional: choques con las altas cortes, enfrentamientos con el Congreso, tensiones con el Banco de la República y una constante polarización política.

Pero existe un aspecto que considero aún más preocupante. La llegada de Gustavo Petro al poder produjo un fenómeno particular en la política colombiana: dejó al descubierto fracturas que existían, pero que nunca habían sido explotadas con semejante intensidad, se logró votar un proyecto de ley con la compra del Congreso de la República por más de 3 mil millones de pesos y sus directivas están pidiendo hoy principio de oportunidad desde la cárcel.

Antes de esta administración seguíamos siendo un país diverso, no éramos Suiza y eso lo sabemos por supuesto. Éramos colombianos con diferencias políticas, culturales, étnicas, económicas y regionales; sin embargo, esas diferencias no constituían el eje central de la vida pública. Este gobierno convirtió esas diferencias en una herramienta política. Las exaltó, las profundizó y, en muchos casos, edificó su narrativa sobre ellas y convirtió la mentira en verdad al estilo de Goebbels.

Para mí, ese constituye el mayor fracaso de estos cuatro años. Más grave que las cifras económicas, más preocupante que la inseguridad o el deterioro institucional, es la profunda división que hoy atraviesa a Colombia, ante la cháchara expresidencial, que cada que podía nos enfrentaba al dilema de amar al prójimo, siempre que fuera con el beneplácito del líder que se cree Bolívar o se hace llamar el Pueblo en su evidente aislamiento mental.

Nos acostumbramos a clasificarnos entre buenos y malos, ricos y pobres, blancos y negros, indígenas y mestizos, izquierda y derecha, amigos y enemigos. La confrontación reemplazó al diálogo y la sospecha sustituyó a la confianza. Esa es una herida mucho más difícil de sanar que cualquier déficit fiscal.

El gobierno de Gustavo Petro también prometió la "Paz Total". Sin embargo, las cifras muestran un crecimiento significativo del número de integrantes de organizaciones armadas ilegales durante su administración. Prometió resolver los problemas económicos y entrega un país con un elevado déficit fiscal, una deuda creciente y enormes desafíos para la sostenibilidad de las finanzas públicas. Prometió enfrentar el narcotráfico, pero los cultivos ilícitos y las economías criminales continúan representando uno de los principales retos para el Estado colombiano y quebró a ECOPETROL, sin que nadie dijera nada.

Todos estos indicadores podrán ser objeto de análisis técnico y político. Sin embargo, insisto: el daño más profundo no puede medirse únicamente con estadísticas. El verdadero costo de estos cuatro años es la fractura social. La narrativa de la confrontación, amplificada desde diferentes escenarios de comunicación, incluyendo los medios públicos, las redes sociales y múltiples voceros políticos, dejó un país emocionalmente dividido, donde el adversario dejó de ser simplemente alguien con una opinión distinta para convertirse, muchas veces, en un enemigo al punto de amenazar con la bandera a muerte negra, roja y blanca en plaza pública.

Y esa es una derrota colectiva, no hicimos nada, no reaccionamos dejamos pasar y nos dejamos medir. Por eso, la gran pregunta para el nuevo ciclo político no debería limitarse a quién gobernará mejor, sino a cómo evitaremos repetir los errores que nos condujeron hasta aquí, no elegir exguerrilleros a la presidencia, o ¿qué sigue? Timochenko presidente, ¿Eso es lo que queremos?

¿Cómo reconstruiremos la confianza entre colombianos? ¿Cómo volveremos a debatir sin destruirnos? ¿Cómo aprenderemos que la democracia exige diferencias, pero también respeto? Porque, al final, los gobiernos pasan. Los presidentes llegan y se van (Gracias Dios). Lo que permanece es el país que dejaremos a nuestros hijos.

Y si estos cuatro años no nos dejan una lección sobre el peligro de la polarización, sobre la importancia de fortalecer las instituciones y sobre la necesidad de volver a reconocernos como una sola nación, entonces habremos desperdiciado la experiencia más difícil de nuestra historia reciente. Un abrazo solidario a las víctimas de este terremoto que pone a prueba la patria.


Gracias por valorar La Opinión Digital. Suscríbete y disfruta de todos los contenidos y beneficios en http://bit.ly/SuscripcionesLaOpinion .

Temas del Día