El sismo que recientemente sacudió a Colombia nos recuerda que la naturaleza no necesita cambiar para ponernos en peligro; basta con que nosotros olvidemos dónde estamos construyendo. El terremoto, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, volvió a poner sobre la mesa una pregunta que se formula demasiado tarde: ¿qué tan preparados estamos para convivir con las amenazas naturales que conocemos?
Estamos acostumbrados a entender el territorio como un escenario sobre el cual ocurre nuestra vida. Montañas, ríos, ciudades, carreteras, puentes, edificios y redes de servicios aparecen ante nuestros ojos como piezas independientes; forman parte de un mismo sistema: una geografía dinámica sobre la cual hemos levantado una segunda naturaleza, que ha transformado la naturaleza y muchas veces se ha edificado sin comprender suficientemente las fuerzas naturales.
Por eso, después de cada desastre resulta tentador hablar de reconstrucción. Hay que reconstruir, Pero la verdadera discusión debería comenzar mucho antes desde la solidaridad y la ética: en los planes de ordenamiento territorial, en las normas de construcción, en los estudios de amenaza y riesgo, en la microzonificación sísmica, en la expedición de licencias en las curadurías, en la localización de los equipamientos esenciales, en la calidad de las vías de acceso y evacuación y en la capacidad de las redes de servicios públicos para seguir funcionando durante una emergencia.
El epicentro en San José del Palmar obliga a mirar más allá de las grandes ciudades. En territorios rurales y apartados, una emergencia puede agravarse no necesariamente porque el fenómeno sea más intenso, sino porque las carreteras, las comunicaciones, los hospitales y las redes logísticas son más frágiles. La vulnerabilidad, entonces, no depende únicamente de cuánto tiembla. Depende también de cuánto tenemos para resistir, responder y recuperarnos y como desde la institucionalidad no se han soslayado el cumplimiento de las normas que terminan vulnerando derechos fundamentales.
Pero sería equivocado concluir que debemos construir menos, necesitamos construir mejor y con más responsabilidad. Un hospital no es únicamente un edificio: es una pieza crítica del sistema de respuesta. De allí que la arquitectura, el urbanismo y la planificación territorial deban abandonar la idea de que el riesgo es exclusivamente un asunto técnico. También es una decisión política y territorial. Cada vez que se construye en zonas de riesgo o amenaza tanto por necesidad de un hábitat digno por los más necesitados como porque la presión inmobiliaria soslaya las normas, se ignoran las amenazas y riesgos que se hacen dramáticamente visibles cuando desde el cielo llueve o desde las entrañas de la tierra el suelo se sacude.
Y hay una responsabilidad elemental, anterior incluso a cualquier plan, norma o infraestructura: la solidaridad. Frente a una catástrofe, quienes no fuimos alcanzados por ella no podemos permanecer como simples espectadores. El dolor de quienes perdieron sus viviendas, sus bienes, sus medios de subsistencia o, peor aún, a sus seres queridos, nos concierne porque antes que habitantes de una ciudad, de una región o de un país, somos seres humanos.
Quizás sea esa la última lección que nos dejan estos fenómenos: frente a la inmensidad de la naturaleza, nuestra mayor fortaleza no está en el concreto de nuestros edificios, en el acero de nuestros puentes o en la sofisticación de nuestros sistemas de alerta. Está en nuestra capacidad de cuidarnos unos a otros.
Gracias por valorar La Opinión Digital. Suscríbete y disfruta de todos los contenidos y beneficios en https://bit.ly/SuscripcionesLaOpinion .
