Los terremotos dejan una huella visible en las edificaciones, las vías y la infraestructura. Sin embargo, sus efectos más profundos suelen sentirse en la economía, en el empleo, en la confianza de los inversionistas y en las expectativas de las comunidades. Por ello, cuando concluyan las labores de emergencia y atención inmediata, llegará el momento de abordar una tarea más compleja y trascendental: la reconstrucción.
El reciente sismo que afectó al Eje Cafetero, el Valle del Cauca y el Chocó, debe convertirse en una oportunidad para pensar el futuro de la región con una visión estratégica. No basta con reparar los daños ocasionados por la emergencia. Es indispensable aprovechar esta coyuntura para impulsar una agenda de desarrollo que fortalezca la competitividad, la conectividad, la gestión del riesgo y la capacidad productiva de nuestros territorios.
La historia ofrece valiosas lecciones. Tras la tragedia ocasionada por la erupción del Nevado del Ruiz en 1985, el país puso en marcha mecanismos extraordinarios de reconstrucción y desarrollo regional que permitieron canalizar recursos, coordinar esfuerzos institucionales y promover la recuperación económica de las zonas afectadas. Aquel esfuerzo estuvo respaldado por la Ley 44 de 1987 y por instrumentos especiales que demostraron cómo una política pública excepcional puede acelerar la recuperación de un territorio golpeado por la tragedia.
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Años más tarde, luego del terremoto del Eje Cafetero de 1999, el gobierno del presidente Andrés Pastrana creó el Fondo para la Reconstrucción del Eje Cafetero (FOREC), una experiencia que aún hoy es reconocida como uno de los ejercicios más exitosos de reconstrucción territorial en Colombia. Gracias a un modelo de gestión ágil, con participación del Estado, el sector privado y organizaciones de la sociedad civil, fue posible reconstruir viviendas, infraestructura, equipamientos urbanos y recuperar la dinámica económica de la región.
Estos antecedentes demuestran que Colombia cuenta con experiencias exitosas que pueden servir de inspiración para afrontar los desafíos actuales. Hoy la región enfrenta retos tan importantes como la conectividad logística, la variabilidad climática, la reconversión productiva, la seguridad territorial y la necesidad de atraer nuevas inversiones que generen empleo y bienestar.
Por ello resulta oportuno promover una nueva agenda legislativa y ejecutiva para el Eje Cafetero, el Valle del Cauca y el Chocó, basada en tres pilares fundamentales.
El primero consiste en la creación de un régimen especial de incentivos tributarios y de inversión para los territorios afectados. La implementación de zonas económicas específicas con tarifas preferenciales de impuesto sobre la renta y beneficios para nuevas inversiones permitiría atraer empresas agroindustriales, logísticas, tecnológicas y de manufactura avanzada. De igual manera, podrían establecerse incentivos asociados a la generación de empleo formal para jóvenes y trabajadores locales.
El segundo pilar debe orientarse a acelerar las inversiones estratégicas en infraestructura física y digital. La modernización de corredores logísticos, la ampliación de la conectividad vial, el fortalecimiento de los sistemas de gestión del riesgo y la expansión de la infraestructura tecnológica constituyen condiciones indispensables para mejorar la competitividad regional.
El tercer componente, quizá el más importante, sería la creación de una entidad especial de reconstrucción y desarrollo regional, con participación del Gobierno Nacional, las gobernaciones, los municipios, las universidades, los gremios empresariales y entidades financieras de desarrollo. Una empresa de economía mixta o un organismo de naturaleza similar podría convertirse en el instrumento encargado de coordinar proyectos estratégicos, movilizar recursos nacionales e internacionales y garantizar la continuidad de las políticas más allá de los ciclos políticos.
No se trataría simplemente de reconstruir lo que el terremoto dañó. El verdadero desafío consiste en construir una región más moderna, más competitiva, más resiliente y mejor preparada para enfrentar los desafíos del siglo XXI.
Las tragedias suelen poner a prueba el carácter de los pueblos. Pero también pueden abrir oportunidades para transformar realidades que durante años han permanecido estancadas. Así ocurrió después de la tragedia de Armero y después del terremoto de 1999. Hoy tenemos nuevamente la posibilidad de pensar en grande.La emergencia exige solidaridad. La reconstrucción exige visión. Y el futuro de nuestra región demanda decisiones audaces que estén a la altura de los desafíos que enfrentamos.
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