Suscríbete
Elecciones 2023 Elecciones 2023 mobile
Columnistas
Ego, poder y codicia
La psicología explica este fenómeno con claridad: muchas personas terminan fusionando su identidad con el rol que desempeñan.
Authored by
Lunes, 27 de Julio de 2026

La ambición ha sido una de las grandes fuerzas que ha impulsado el progreso de la humanidad. Gracias a ella se crean empresas, se descubren vacunas, se lideran causas y se transforman sociedades. La ambición, cuando nace del deseo de servir y construir, merece respeto. El problema comienza cuando deja de perseguir un propósito y empieza a alimentar exclusivamente al ego.

He visto con frecuencia cómo algunas personas que han ocupado posiciones de liderazgo terminan convencidas de que el cargo les pertenece y no de que simplemente les fue confiado por un tiempo. Cuando eso ocurre, dejar el poder deja de ser una transición natural para convertirse en una amenaza existencial.

La psicología explica este fenómeno con claridad: muchas personas terminan fusionando su identidad con el rol que desempeñan. Ya no saben quiénes son sin el reconocimiento, sin la influencia o sin la capacidad de decidir sobre otros. Entonces aparece el miedo. Y el miedo suele ser un mal consejero.

Desde la neurociencia sabemos que el poder, el reconocimiento y el estatus activan los circuitos de recompensa del cerebro, especialmente aquellos mediados por la dopamina. Cuando estas experiencias se repiten durante años, algunas personas desarrollan una necesidad creciente de mantener esa sensación de control. No es muy diferente de cualquier otro sistema de recompensa: cada vez se necesita más para obtener el mismo efecto.

Es allí donde la ambición puede degenerar en avaricia y, finalmente, en codicia. Ya no se lucha por las ideas sino por el espacio. Ya no importa fortalecer las instituciones, sino conservar el control sobre ellas. Se manipulan reglas, se cierran puertas al relevo generacional y se termina creyendo que el proyecto depende exclusivamente de quien lo dirige. Pocas cosas resultan más peligrosas para una democracia, una organización o una familia.

Paradójicamente, quienes más se aferran al poder suelen demostrar la mayor inseguridad. Quien confía en su capacidad sabe que su legado no desaparece cuando entrega el cargo. Por el contrario, entiende que formar nuevos líderes es la máxima expresión del liderazgo.

Creo profundamente que una sociedad madura no debería admirar a quienes hacen cualquier cosa por quedarse, sino a quienes tienen la grandeza de saber cuándo es el momento de dar un paso al costado. Porque el verdadero poder nunca consiste en permanecer. Consiste en dejar instituciones más fuertes, personas más libres y caminos abiertos para quienes vienen detrás.

El liderazgo auténtico no se mide por el tiempo que alguien logra conservar una posición, sino por la capacidad de renunciar a ella cuando el bien común lo exige. Esa es, quizás, la prueba más difícil del carácter. Y también la más elegante.


Gracias por valorar La Opinión Digital. Suscríbete y disfruta de todos los contenidos y beneficios en http://bit.ly/SuscripcionesLaOpinion . 

Temas del Día