El pensamiento es el recinto sagrado de la libertad, donde la distancia no tiene prisa y la memoria va pasando, como en un cristal, por mañanas y crepúsculos, tejiendo nostalgias con los hilos del tiempo.
Está a dos pasos de una estrella, del reflejo de las huellas en la arena, de las olas en secuencia en el mar, o del vuelo de los pájaros que vuelven al atardecer, cansados, cuando el aire se torna más delgado.
Es sigiloso, se planta posando un pie en la realidad y, otro, en la fantasía, con un suspenso intermedio que propone acertijos al alma y deja caer, en ella, aquellos sueños que vienen de la inmortalidad.
Su don supremo es atrapar la belleza invisible, la espontánea, la que va caminando, o conversando, con la voz literaria -o musical- del destino, detrás de una añoranza, de una palabra bonita perdida en el infinito …o de más pensamientos.
Y es como el viento, va dejando su rastro en el corazón, o como las campanas, con el eco bondadoso de un rumor cautivo que libera ese toque sentimental -tan sublime-, que nos hace conscientes de ser la savia del universo.
Uno es alguien por su pensamiento (y, nada, fuera de él), porque está hecho idea por idea, en un nomadismo sabio que siembra semillas, cosecha ilusiones y deja faros luminosos que alargan el horizonte de la imaginación.
El pensamiento puro es la génesis del conocimiento, de una jerarquía en la cual los sentidos son superiores a los objetos, la mente es superior a los sentidos, la inteligencia es superior a la mente y el espíritu es superior al intelecto…
¡Qué supremo es…!
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