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El sueño de la capital binacional
Para entender la magnitud de lo que representamos, debemos remontarnos al histórico año de 1821.
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Sábado, 17 de Octubre de 2026

Las fronteras contemporáneas, con sus aduanas de concreto, sus alcabalas y sus rigores burocráticos, suelen operar como cicatrices que dividen lo que la naturaleza y la historia concibieron como una sola carne. Hoy, cuando el centralismo asfixiante de las capitales distantes dicta el destino de nuestras provincias con un desconocimiento casi absoluto de nuestra realidad, se hace imperativo volver la mirada al origen. Hubo un tiempo de audacia civil y lucidez geopolítica en el que los padres de la patria no vieron en este eje fronterizo una periferia olvidada, sino el epicentro mismo del proyecto político más ambicioso del continente americano.

Para entender la magnitud de lo que representamos, debemos remontarnos al histórico año de 1821. El Congreso Constituyente reunido en la vecina Villa del Rosario no solo estaba redactando la arquitectura jurídica de la naciente Gran Colombia; estaba pariendo una nueva noción del espacio público y de la integración continental. Fue en ese escenario de efervescencia republicana donde el Genio de América, Simón Bolívar, posó sus ojos de estadista sobre el extraordinario panorama de nuestro valle.

Bolívar, cuya mente visionaria siempre aborreció las visiones parroquiales y los localismos mezquinos, vislumbró que la capital del inmenso Estado que unificaría a las actuales Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá no podía encastillarse en los vicios virreinales de Caracas o de Bogotá. El Libertador comprendió que el verdadero núcleo integrador latía aquí, en la cuenca viva del Río Táchira. Su propuesta fue tan poética como revolucionaria: fundar una ciudad capital binacional, un distrito federal fronterizo cuyo asiento compartido abrazara armónicamente a las Villas de San Antonio y del Rosario.

Este idilio geopolítico no obedecía a un simple capricho estético. San Antonio del Táchira y Villa del Rosario encarnaban el nudo de caminos perfecto, la bisagra natural donde se fundían el comercio, la producción agrícola y el tránsito incesante de ciudadanos de ambas vertientes andinas. Al proponer esta gran conurbación como el cerebro administrativo de la República, los fundadores de la patria estaban decretando que el poder emanaba de la integración, y que la frontera era, por antonomasia, el espacio más noble y genuino para el encuentro de los pueblos hermanos.

Qué distancia tan abismal existe entre aquella visión integradora, descentralizada y profundamente fronteriza de los libertadores, y el centralismo ciego que hoy asfixia la economía y el tejido social de nuestras comunidades. Mientras los despachos lejanos de los Andes o de las costas caribeñas perciben a San Antonio como un simple punto de paso o un límite que vigilar, el proyecto grancolombiano la concibió como el corazón de una superpotencia continental.

Rescatar del polvo del olvido el proyecto de la Capital Binacional de 1821 no es un ejercicio de vana nostalgia, sino una proclama de dignidad. Desde el Centro de Estudios Históricos "Gentilicio Primado", levantamos esta memoria como una bandera de resistencia intelectual. Recordarle a San Antonio del Táchira que estuvo a las puertas de ser el centro político de América es sembrar la semilla de su reconstrucción moral y social. Nuestro porvenir económico y humano no puede depender de las dádivas o los decretos intermitentes del centralismo; debe sustentarse en la reactivación de nuestra vocación histórica de integración. Somos los hijos de un valle que fue diseñado para ser la capital de la unión americana, y es hora de volver a reclamar, con el trabajo diario y las luces del saber, ese destino compartido de grandeza.


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