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El teletrabajo y su repercusión de vida familiar y urbana
Durante años, el teletrabajo fue visto como un privilegio reservado para unos pocos o como una medida excepcional para enfrentar una crisis.
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Jueves, 18 de Junio de 2026

Durante años, el teletrabajo fue visto como un privilegio reservado para unos pocos o como una medida excepcional para enfrentar una crisis. La pandemia aceleró su implementación y obligó a millones de trabajadores y empleadores a descubrir, muchas veces a la fuerza, que gran parte de nuestras labores podían realizarse sin recorrer kilómetros diarios ni permanecer ocho horas bajo la vigilancia de una oficina tradicional. Sin embargo, apenas superada la emergencia, surgió una especie de nostalgia corporativa por el reloj y el escritorio, como si la presencialidad fuera, por sí sola, sinónimo de productividad.

Hoy tengo una percepción distinta. No desde los estudios estadísticos ni desde las teorías organizacionales, que abundan, sino desde la experiencia más cercana: mi propio hogar.

Mi esposa se encuentra actualmente desarrollando sus funciones bajo la modalidad de teletrabajo y he sido testigo directo de una transformación que merece ser contada. Lejos de convertirse en una trabajadora distraída o menos comprometida, se siente más eficiente y más eficaz. Organiza mejor su tiempo, concentra su energía en aquello que realmente agrega valor y ha eliminado buena parte del desgaste invisible que suponía trasladarse diariamente a su lugar de trabajo.

Pero quizá el cambio más importante no aparece en los indicadores de gestión ni en los informes de productividad. El verdadero impacto ha sido sobre su salud.

Dormir mejor, reducir el estrés derivado de los desplazamientos, disponer de tiempo para una alimentación adecuada e incluso recuperar espacios para la actividad física parecen pequeños detalles. No lo son. Son factores determinantes para el bienestar físico y emocional de cualquier persona. Paradójicamente, aquello que muchos empleadores consideraban una concesión terminó convirtiéndose en una estrategia de sostenibilidad humana.

La discusión sobre el teletrabajo suele reducirse a una falsa dicotomía: control versus confianza. Algunos directivos siguen creyendo que ver al trabajador sentado frente a una pantalla garantiza resultados. Pero la evidencia y la experiencia cotidiana sugieren otra cosa: lo importante no es dónde se trabaja, sino cómo se trabaja y qué resultados se obtienen.

Peter Drucker, considerado el padre de la administración moderna y uno de ms referentes en proyectos de administración (MBA), sostenía que "no hay nada tan inútil como hacer eficientemente aquello que no debería hacerse". Tal vez llegó el momento de preguntarnos si insistir en modelos rígidos de presencialidad responde a una verdadera necesidad organizacional o simplemente a la dificultad de abandonar paradigmas construidos en el siglo pasado. El impacto del teletrabajo también trasciende las paredes del hogar y alcanza la estructura misma de nuestras ciudades.

Menos desplazamientos significan menos congestión vehicular, menor contaminación ambiental y una reducción considerable del tiempo improductivo invertido en trancones interminables. En ciudades como Medellín o Bogotá, donde millones de personas pueden destinar dos o tres horas diarias al transporte, recuperar ese tiempo representa una auténtica revolución silenciosa.

Ese tiempo recuperado puede invertirse en acompañar a los hijos en sus tareas, compartir una conversación sin afanes, cuidar a un adulto mayor, estudiar o simplemente descansar. Actividades que parecían extraordinarias vuelven a ocupar el lugar que nunca debieron perder: el centro de la vida familiar.

Por supuesto, el teletrabajo no es una fórmula mágica ni universal. Existen riesgos evidentes: la hiperconectividad, la invasión de la vida privada por las exigencias laborales, el aislamiento social o la dificultad para desconectarse. El derecho a la desconexión laboral deja de ser un lujo normativo para convertirse en una necesidad urgente. La casa no puede transformarse en una oficina permanente ni la disponibilidad absoluta en una nueva forma de explotación silenciosa.

La verdadera discusión no debería ser si volvemos al pasado o permanecemos en el presente, sino cómo construimos modelos híbridos e inteligentes que permitan equilibrar productividad, bienestar y competitividad. Empresas más humanas no significan empresas menos rentables; trabajadores más satisfechos no equivalen a trabajadores menos comprometidos.

Quizá la normalización del teletrabajo nos esté dejando una enseñanza más profunda: el éxito profesional no debería medirse exclusivamente por el tiempo que permanecemos fuera de casa, sino por la calidad de vida que somos capaces de construir mientras cumplimos nuestras responsabilidades.

Después de observar esta transformación tan cerca, he comprendido que el verdadero progreso no consiste únicamente en incorporar tecnología, sino en utilizarla para devolverle tiempo, salud y dignidad a las personas.

El reloj sigue marchando. Y mientras muchas organizaciones debaten si deben traer de vuelta a sus trabajadores a las oficinas, miles de familias descubren que estar presentes no siempre significa estar juntos, y que trabajar desde casa, cuando se hace bien, puede acercarnos nuevamente a aquello que nunca debimos sacrificar en nombre de la productividad. ¿y Tú qué opinas? secretaria@nagama.com.co


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