Durante años hemos asociado el crecimiento de las ciudades con una imagen sencilla: más población significa más viviendas, más barrios, más vías y, por supuesto, más suelo construido. Sin embargo, un reciente análisis de la CEPAL plantea una realidad que debería obligarnos a revisar esa relación; en América Latina y el Caribe estamos construyendo territorio más rápido de lo que crece su población.
Entre 2000 y 2020, la superficie edificada de la región aumentó a una tasa anual de 1,47 %, mientras la población lo hizo al 1,08 %. La diferencia podría parecer pequeña; no lo es. Más revelador todavía es dónde está ocurriendo esa expansión: en las periferias, pueblos y zonas rurales, el suelo construido creció aproximadamente al doble del ritmo de la población.
El problema, entonces, no es solamente cuánto están creciendo nuestras ciudades, sino cómo y hacia dónde lo están haciendo. Los datos son interesantes. En las ciudades, la superficie construida por habitante prácticamente permaneció estable: pasó de 42 metros cuadrados en 2000 a 43 en 2020. En las periferias aumentó de 60 a 70 metros cuadrados; en las zonas rurales y dispersas, de 108 a 124. Además, el 62 % de toda la nueva superficie residencial construida durante esas dos décadas se localizó fuera de los centros urbanos.
Estamos extendiendo la ciudad. Y extenderla tiene costos que pocas veces aparecen cuando celebramos una nueva urbanización. Una ciudad más dispersa necesita llevar más lejos las redes de acueducto y alcantarillado; requiere nuevas vías, transporte público, colegios, parques, seguridad y equipamientos. Aumentan las distancias entre vivienda y trabajo; aumenta el costo de prestar servicios públicos y, en muchos casos, también crecen la segregación y la dependencia del automóvil.
Pero existe una paradoja todavía mayor. Mientras seguimos construyendo hacia afuera, un estudio citado por la CEPAL estima que existen 31,9 millones de viviendas parcial o totalmente desocupadas en 15 países de la región; representan más del 14 % del parque de vivienda particular considerado. Construimos en los bordes mientras desaprovechamos parte de la ciudad que ya construimos.
Esta discusión resulta particularmente pertinente para ciudades como Cúcuta. No porque los resultados regionales puedan trasladarse automáticamente a nuestra realidad (sería metodológicamente equivocado hacerlo), sino porque nos obligan a formular las preguntas correctas: ¿hacia dónde está creciendo nuestra ciudad?, ¿qué densidades estamos generando?, ¿cuánto cuesta llevar infraestructura y servicios hasta las nuevas áreas urbanizadas?, ¿qué ocurre simultáneamente con el centro y los sectores consolidados?
Aquí aparece un asunto que suele olvidarse en la discusión sobre ordenamiento territorial: el suelo también es un recurso público en términos económicos. Cada decisión que permite extender la ciudad genera posteriormente obligaciones para el Estado; alguien tendrá que construir la vía, ampliar una red, garantizar transporte o acercar un colegio.
Por eso planificar no consiste simplemente en decidir dónde se puede construir. Instrumentos como los planes de ordenamiento territorial, la plusvalía, la valorización, las cargas urbanísticas y la renovación urbana deberían permitir algo mucho más importante: distribuir de manera razonable los costos y beneficios derivados de la transformación del territorio.
La CEPAL advierte, además, que cerca de un tercio del suelo transformado entre 2000 y 2020 provenía de superficies arboladas; la expansión dispersa también puede significar pérdida de tierras agrícolas, reducción de cobertura vegetal y mayor exposición frente a fenómenos climáticos.
Quizás por eso debamos modificar una idea arraigada: una ciudad que construye más no necesariamente está progresando más. El verdadero desarrollo urbano no debería medirse solamente por cuántos metros cuadrados nuevos construimos; debería preguntarnos cuánta ciudad somos capaces de aprovechar, conectar y hacer habitable. Porque una ciudad puede crecer hacia afuera durante décadas y descubrir, demasiado tarde, que mientras ampliaba sus fronteras estaba dejando vacíos por dentro.
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