El Pacífico es mi refugio espiritual -secreto-, allí tengo un muelle donde desembarcan mis sueños en un universo de imposibilidades, donde las penas se hacen blancas como la espuma arrugada por el viento… ¡Qué bello es…!
Aún recuerdo un momento crepuscular maravilloso, sentado en una piedra en Nuquí, con un pargo asado en mi mano, presintiendo las ballenas que habrían de llegar de distancias desveladas, o de cualquier tejido de mares remotos.
Es que el océano Pacífico parece siempre lejano, como una ausencia pendiente de asomarse en cualquier playa, esconderse en grandes hojas en la selva, o danzar -tristona- con el canto ululante de los búhos o el repicar majestuoso de la lluvia.
Desde cuando lo conocí, hace más de 20 años (en El Chocó), no he podido olvidarlo, por misterioso e inmenso, tormentoso y peligroso, por sus peces pequeños, o grandes, colgados de una fantasía natural de arrecifes y ecosistemas.
Y descubrí que se vive distinto allí -mejor-, lo comprobé en los rostros ingenuos y amables, en la naturaleza hermosa, extraña, seductora y sabia, en su gente tan sensible, con la ternura brotando de una mágica bondad marinera.
La mística ancestral se advierte en todo, en las manos de una partera, en la música cadenciosa de la marimba, en las cantaoras, en la cocina deliciosa, en las trenzas de las negras y en el propio mar, más romántico y aventurero…
La nostalgia es mi compañera ideal para pensar en él, en su amor oceánico con El Índico, a veces con El Atlántico, siempre con El Antártico y displicente con El Ártico… ¡Qué seducción tan aventurera de mares…!
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