En mi columna anterior sostuve que descentralizar en un país desigual exige reconocer capacidades distintas. Hoy quiero llevar ese argumento a la frontera; allí donde la vida económica desborda los límites de las figuras político-administrativas. En Norte de Santander, la frontera es oportunidad, pero también exposición; una condición que debería entrar en las cuentas de la autonomía.
La advertencia viene del comercio. En el sondeo Pulso del Comercio de Fenalco, divulgado en septiembre, el 87,5% de los comerciantes consultados reportó menores ventas y el 85%, menos compradores. La inseguridad y los controles vehiculares aparecen entre las preocupaciones; también disminuye la presencia de clientes venezolanos. No podemos atribuirlo todo al dólar, pero tampoco dejarlo fuera de la explicación.
Aquí conviven pesos, bolívares y dólares; una realidad cotidiana que podríamos llamar trimonetarismo transfronterizo. Un hogar puede recibir remesas en dólares, obtener otros ingresos en bolívares y comprar en pesos. Según estimaciones del analista William Gómez, publicadas en diciembre de 2025, el peso intervenía en el 64% de las transacciones del Táchira y en el 93% de cuatro municipios fronterizos. Son estimaciones; ilustran una integración que nuestros presupuestos apenas empiezan a comprender. La República reportó en septiembre una apreciación acumulada del peso del 19,35% durante 2026. Para quien llega con dólares, el mecanismo es sencillo: recibe menos pesos; si los precios locales no bajan, pierde capacidad de compra. La misma apreciación puede abaratar importaciones y favorecer otros negocios. Por eso importa estudiar quién gana, quién pierde y cómo termina esa diferencia en el empleo y el recaudo.
¿Qué tiene que ver esto con la descentralización? Mucho. El impuesto de industria y comercio grava ingresos de actividades industriales, comerciales y de servicios; las rentas departamentales reciben aportes importantes del consumo de cerveza, licores y cigarrillos. Cuando se debilitan las ventas formales, también puede estrecharse la base tributaria. No conocemos todavía cuánto recaudo depende del comprador venezolano; precisamente por eso necesitamos medirlo. El presupuesto municipal puede sentir decisiones tomadas lejos de Cúcuta; sus consecuencias, sin embargo, se atienden aquí.
A esa exposición se suma el contrabando. El estudio de Invamer para la Federación Nacional de Departamentos estimó en cerca de 78.829 millones de pesos el recaudo perdido por cigarrillos ilegales en Norte de Santander durante 2024. Es una estimación, no dinero automáticamente recuperable; aun así, revela la dimensión de un problema que compromete recursos públicos y competencia empresarial.
La discusión territorial debería incorporar estas diferencias, medir recaudo sobre PIB no permite identificar cuánto depende de demanda extranjera; tampoco basta contar residentes para dimensionar los servicios que requiere una población que cruza, permanece o retorna. Las transferencias consideran diversos criterios; la pregunta es si reconocen suficientemente los costos y riesgos específicos de vivir en frontera.
Norte de Santander debería llegar al debate sobre competencias con una propuesta sustentada: medir exposición cambiaria, demanda transfronteriza y costos efectivos de atención; distinguirlos de la evasión y de las fallas administrativas propias. Reconocer vulnerabilidades no puede convertirse en excusa para recaudar mal; exigir eficiencia tampoco autoriza a ignorar las condiciones del territorio.
Propongo un observatorio económico y fiscal binacional, cooperación aduanera verificable y mecanismos de estabilización sujetos a viabilidad fiscal; ahorrar cuando los ingresos extraordinarios lo permitan y proteger servicios cuando caigan. La tarea incluye diversificar la economía, porque ninguna autonomía será sólida si depende excesivamente del mismo comprador o de una sola actividad. La frontera siempre nos ha dado oportunidades, pero también cobra. Descentralizar desde aquí exige reconocer ambas cosas; de lo contrario, seguiremos exigiendo respuestas locales a problemas que atraviesan monedas, mercados y países. La Nación debe aprender a contar la frontera; nosotros, a demostrar con datos cuánto cuesta gobernarla.
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