En Villa del Rosario tomó forma jurídica la república. En la sacristía de la iglesia parroquial, entonces en obra, el Congreso General de Colombia, instalado el 6 de mayo de 1821, consolidó políticamente la independencia. El 12 de julio expidió la Ley Fundamental de la Unión de los Pueblos de Colombia, promulgada el 18 del mismo mes, que ratificó y reelaboró la unión del antiguo virreinato de la Nueva Granada y la capitanía de Venezuela en un solo Estado; el 30 de agosto los diputados firmaron la Constitución y el 6 de octubre Bolívar la sancionó para dar forma institucional a la nueva república.
Juan Germán Roscio, uno de los juristas más lúcidos del constitucionalismo hispanoamericano, llegó a Villa del Rosario como vicepresidente de la República y estaba llamado a instalar el Congreso de Cúcuta. La enfermedad lo venció el 10 de marzo de 1821, casi dos meses antes de la instalación; murió sin ver redactada la Constitución ni presidir las sesiones que marcarían el nacimiento institucional de Colombia.
La Carta de 1821 afirmó la supremacía de la Constitución y el principio de legalidad: reconoció la soberanía de la Nación, sometió a autoridades y ciudadanos al orden constitucional y legal, y delimitó las atribuciones del poder público. Organizó la separación de poderes mediante un Legislativo bicameral, un Ejecutivo unipersonal y un Poder Judicial independiente. También protegió la libertad, la seguridad, la propiedad y la igualdad ante la ley, aunque la interpretación de la Constitución correspondía al Congreso y no existía aún un control judicial de constitucionalidad. Ese mismo Congreso aprobó la Ley de Libertad de Partos, primera ley de manumisión de alcance nacional grancolombiano y paso decisivo hacia la abolición gradual de la esclavitud.
La república se consolidó por la convergencia entre la estrategia militar de Bolívar y el rigor civil de Santander. El 7 de septiembre de 1821, el Congreso eligió a Bolívar presidente y a Santander vicepresidente; ambos tomaron posesión el 3 de octubre, y pocos días después Bolívar partió hacia la campaña del Sur, mientras Santander quedó encargado del Poder Ejecutivo.
Dos siglos después, las nuevas generaciones apenas han oído hablar de la Constitución de la Gran Colombia de 1821. Conocen algunas batallas, pero no el instante en que la independencia se convirtió en reglas para limitar el poder. Esa pérdida de memoria ayuda a explicar por qué la imagen del Libertador ha podido ser deformada y usada al servicio de ciertos proyectos políticos: desde el dictador de un país vecino que la moldeó a su conveniencia, hasta la confusión de un expresidente colombiano reciente que blandió una espada con arengas que Bolívar jamás habría pronunciado. En ambos casos, la historia, con toda su complejidad, fue reducida a un relato útil para refrendar una tendencia política.
Aún hoy, es inevitable imaginar cómo, al caer la tarde, bajo el tamarindo histórico del antiguo conjunto parroquial de Villa del Rosario, la memoria reúne a Bolívar y Santander: el primero, a quien años después él mismo llamaría “el hombre de las dificultades”, piensa en las campañas por venir; el segundo, “el hombre de las leyes” en aquella carta de 1825, revisa el texto destinado a ordenar la vida de las provincias.
El terremoto de 1875 dejó en ruinas la iglesia parroquial donde sesionó el Congreso. Hoy, en el lugar del antiguo altar mayor, se levanta una estatua de Bolívar, como si el sitio resguardara el recuerdo de aquel comienzo. Como esas ruinas, la memoria histórica resiste la caída y sostiene, todavía, el grito de libertad y orden.
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