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Leer en movimiento
La lectura y los medios de transporte tienen una inexplicable sinergia que marida en perfecta sincronía.
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Miércoles, 27 de Mayo de 2026

La lectura y los medios de transporte tienen una inexplicable sinergia que marida en perfecta sincronía. Salvo cuando el que está tras el volante eres tú, en cuyo caso no deberías hacerlo mientras conduces (aunque suene obvio lo digo por mera precaución legal, consejo de mi abogado, que soy yo mismo), leer en movimiento es uno de aquellos placeres sencillos que no necesitan demasiada logística para satisfacernos. El porqué de que esta simbiosis tan exquisita entre letras y velocidad funcione constituye todo un enigma para mí, como el hecho de que la menta y el chocolate vayan bien juntos, parejas improbables que, contra todo pronóstico, demuestran ser tremendamente exitosas.

El rey indiscutible, por supuesto, es el avión, pues su industria ha sido la única que ha conseguido crear una categoría literaria en sí misma, como lo son los “libros de aeropuerto”, encontrando en los thrillers policiacos y en el más que conveniente formato de bolsillo a los mejores secuaces para disparar las ventas. Y es que no nos engañemos, ante una conexión larga en tierra, no hay mejor forma de matar el tiempo mientras anuncian tu turno de abordar que sentarse a leer una buena novela negra (y doy puntos extras si se compra en el mismo terminal) en uno de los cómodos sillones de Starbucks con un café con leche grande en la mano. Nunca ser feliz fue más fácil.

En el aire la cosa cambia un poco a raíz de la introducción de pantallas en prácticamente todos los vuelos largos, una tentación muy poderosa que entretiene por más tiempo y con menos esfuerzo que el anticuado hábito de leer. Pero como actualmente las aerolíneas insisten en reducir el espacio entre asientos para optimizar su rentabilidad, al punto de que prácticamente te comes la pantalla si el pasajero de adelante echa la silla para atrás, no sería un mal momento para que los libros hagan su retorno triunfal con fuerza. Especialmente ahora que las luces de lectura en cabina parecen haber dado un salto cuántico en potencia y precisión, de forma que ya no hace falta dejarse las retinas ni perturbar el sueño del de al lado para descubrir quién es el asesino.

Sin embargo, el ganador definitivo para mí siempre será el tren. Hablo del tren real, el que viaja entre ciudades, no el metro, que, aunque también tienen su encanto, perturba la concentración con demasiadas paradas consecutivas y el uso excesivo de anuncios por megafonía. Esta maravillosa experiencia la descubrí hace más de una década en un Amtrak entre Nueva York y Boston, donde no sólo pude terminar “Rana” de Mo Yan (Nobel 2012) con comodidad, sino que también le di un buen mordisco inicial a “El Gran Gatsby”. Desde entonces, échenme encima las horas de tren que quieran, tres, cuatro o cinco, da igual, sé que todas ellas estarán bien invertidas si llevo un buen libro conmigo y algún segundo de repuesto en caso de que acabe con el primero.

Tal vez la velocidad del viaje se transfiera a la de lectura. Tiene sentido para mí, al menos.


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