Por estos días en la librería Balzac del barrio la Candelaria hubo una disertación de un exsacerdote jesuita, Rafael Dussan: “Meditaciones alrededor de un vino amargo”. Cualquiera que asista a esa charla se prepara para escuchar una historia de vinos, su preparación, las cepas, los países que lo producen, las famosas vendimias de Francia, y todo lo correspondiente. Pero no, el conferencista con una lucidez e inteligencia admirable empezó a hablar del imperio romano, no de vinos, sino sobre emperadores, gobiernos, desaciertos y todo lo demás. Quienes estábamos escuchándolos eran poetas, escritores, pintores y bohemios. Pasaron algunos minutos y el conferencista empezó a disertar sobre lo que podría significar el gobierno que se viene. No nombró a Abelardo de la Espriella, pero en una dinámica excelente empezó desde una perspectiva de hace dos mil años a hablar del imperio romano, a reflexionar sobre lo que le puede venir a Colombia en los próximos años. Hay un libro extraordinario sobre eso, las memorias de Adriano.
¿Serán más vinos amargos para Colombia, o vinos de buena cepa? Ojalá sean los segundos. En los últimos años el país ha sido gobernada por extremos: el de Uribe que le declara la guerra a la guerrilla, el de Duque que quiso hacer trizas la paz, el de Petro que quiso hacer una Paz Total y fracasó; hoy en día Colombia está en una inestabilidad grande. Pasamos de la izquierda a la derecha, y sin saber como le irá a este gobierno en los próximos cuatro años, esperaremos hacia donde oscila el país en el futuro, si a la izquierda o la derecha. Como diría un catador de vinos, proceso en el que primero se aprecia su buen gusto y equilibrio, si es ácido o dulce, y algo así como degustar un vino, algo así haremos en los primeros meses con el gobierno de Laespriella. De entrada, hubo un vino amargo para el presidente electo, perdió con Uribe la presidencia del congreso que imagino lo celebró con un vino dulce. De entrada, creo que es un error del presidente la de posesionarse en una guarnición militar en el Cauca. Es un pésimo mensaje para el mundo de que aquí estamos en guerra.
No se si igual que sucedió en el imperio romano con Dioceclano, quien expidió el edicto de “frenar la inflación galopante”; igual tendrá que expedir uno de Laespriella “para frenar los vinos amargos que le pueden venir en su administración”. Mientras eso le sucede al país, aquí en Cúcuta también hemos tomado muchos vinos amargos por cuenta de las administraciones departamentales y municipales. Tanto así que si me invitaran a tomar un vino en la gobernación, correría el riesgo de tomarme un vino muy amargo, y después a la salida percibir que perdí la billetera y el reloj que tenía. Y si la invitación es a la alcaldía – lo poco que ha hecho – a la inauguración de una de esas calles que han debido ser pavimentadas hace más de 50 años, correría el riesgo de que me sirvan un vino amargo, marca “Veolia”, chiviado, robado para más señas, y de la peor cepa.
Hace muchos años Cúcuta necesita un buen alcalde. Tenía oportunidad de escribir en la columna pasada que las personas que más han hecho por la ciudad no han sido los alcaldes. Uno de ellos fue Jaime Pérez López, quien en alguna ocasión, hace unos 40 años, me invitó a lo que hoy es cenabastos, y decía, aquí algún día se construirá una central de abastos. En alguna ocasión tomándonos un buen vino en la Venecia, me decía que él habría querido ser concejal de Cúcuta. El día de su muerte escribí que Jaime Pérez no debió ser concejal, debió ser alcalde de Cúcuta. A otra persona que le he dicho que debe ser alcalde es a Manuel Guillermo Cabrera. Le he dicho que él debe ser algo así como el “Alejandro Char de Cúcuta”. La pulcritud y manejo de su empresa es una garantía De los Char se pueden decir muchas cosas, pero todo lo que han hecho por Barranquilla es ejemplar. Es hora que en Cúcuta tomemos muy buenos vinos, dulces y de calidad como lo que vende Giuseppe en la Venecia.
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