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La monja colombiana que perdonó a sus secuestradores y volvió a dedicar su vida a los más necesitados
La hermana Gloria Cecilia Narváez visitó por primera vez Cúcuta, y en entrevista con La Opinión habla de su regreso a Colombia y de cómo decidió convertir su experiencia de dolor y sufrimiento en África en un mensaje de esperanza.
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José Luis Daza
José Luis Daza
Lunes, 27 de Julio de 2026

El 7 de febrero de 2017, en Koutiala, al sur de Malí (África), fue secuestrada la monja colombiana Gloria Cecilia Narváez. Un grupo de hombres al servicio de la organización terrorista Al-Qaeda la raptó del orfanato donde cumplía una misión humanitaria dedicada al cuidado de bebés, niños, jóvenes y mujeres en condición de vulnerabilidad.

Nacida en Buesaco, Nariño, y misionera de la congregación de las Hermanas Franciscanas de María Inmaculada, permaneció secuestrada durante cuatro años y ocho meses. En ese tiempo soportó el horror del cautiverio en el desierto del Sahara, enfrentando condiciones extremas de supervivencia. Vivió encadenada, fue víctima de maltratos físicos y psicológicos y recibió constantes insultos por profesar la fe católica y negarse a convertirse al islam, la religión predominante en ese país.

Con voz tranquila, sin reparos, ni cuestionamientos, desde una serenidad que sorprende, relata que en varias ocasiones, sus captores llegaron a suministrarle agua mezclada con gasolina con la intención de asfixiarla o provocarle graves enfermedades. Sin embargo, en medio de esta gran prueba, encontró en la fe y en la oración la fortaleza necesaria para resistir. Según su testimonio, durante aquellos casi cinco años no permitió que la desesperación la venciera; por el contrario, convirtió el desierto “en su propio santuario”.

La hermana Gloria visitó por primera vez Cúcuta, invitada por los padres carmelitas residentes en la ciudad para contar esta dura experiencia personal y cómo trasformó el dolor y el sufrimiento en una ofrenda a Dios.

En entrevista con La Opinión habla de su proceso de sanación, de la nueva misión en el Urabá  antioqueño y sus futuros proyectos bajo la premisa, “siempre estoy lista para servir donde sea”.

Después de recobrar la libertad en el año 2021, usted decide regresar a Colombia, ¿cómo fue ese volver a encontrarse con sus familiares y hermanas de la congregación y retomar la misión de servir a los pobres?

Ha sido una experiencia maravillosa de ver que, en medio de mi extrema debilidad, la inabarcable gracia de Dios me acompañó durante todo el tiempo del secuestro. Volver a la libertad me ha dado la alegría de poder expresar a todos una palabra de libertad. A pesar de haber estado encadenada, mi opción es no encadenar a nadie, ni marcar a las personas, ni hablar mal de ellas, sino mirarlas siempre con misericordia.

En mis palabras, miradas y gestos busco siempre desarmar, porque en nuestra patria debemos buscar la cultura del encuentro que nos lleve a la reconciliación. En este tiempo de libertad, mi misión principal ha sido escuchar. He escuchado a muchas mujeres víctimas de la violencia, del secuestro, de la muerte de seres queridos y del horror de la guerra, invitándolas al perdón y a dejar el odio, porque cuando perdonamos encontramos nuestra propia libertad.

¿Qué le ha dejado esta experiencia de hablar de reconciliación varios países y diferentes zonas de Colombia en una sociedad que enfrenta tantos desafíos?

Mi referente es Jesucristo, quien en la cruz dijo: "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen". Esa sigue siendo mi fuerza para orar por las personas que han tomado las armas violentas.

En el secuestro viví maltratos, cadenas e incluso me daban agua con gasolina para asfixiarme o generarme enfermedades, pero perdoné a todos y me liberé de rencores. No vi el sufrimiento como un castigo, sino como una oportunidad para purificar mi fe. El desierto fue mi santuario: dibujaba el cáliz en la arena para comunicarme con Dios, contemplaba el sol como la hostia sagrada y la luna en las noches, transformando el dolor en paz. Como franciscana, viví la oración de la paz de Francisco de Asís: amar aunque sea odiada y perdonar aunque me insulten.

 

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Durante el secuestro envió pruebas de supervivencia a sus familiares en Colombia desde el inhóspito desierto del Sahara / Foto: Cortesía 

 

Durante estos años usted ha mencionado la frase “callar para que Dios te defienda". ¿Cómo fue vivir esta frase durante el secuestro?

En medio de la hostilidad del desierto del Sahara, soportando insultos, maltrato físico, psicológico y torturas, Dios me dio la gracia de callar. Compartí cautiverio con una hermana protestante que insultaba a los captores con palabras ofensivas; yo la invitaba a serenarse y a callar, porque cuando yo callaba, ellos se desarmaban.

La oración, el Santo Rosario y el amor a María fueron mi fuerza. Incluso había "ángeles de la guarda" entre los mismos captores que en las noches me daban un poco de pan y agua, y me decían, Gloria, paciencia, un día vas a tener la libertad.

¿Qué destaca del proceso de perdonar a sus secuestradores, siendo una decisión tan personal?

El mal nunca triunfa, siempre triunfa el bien. Yo veía que mis captores vivían con miedo; cuando eran perseguidos, temblaban, y yo oraba por su conversión. El odio nos enferma, pero el perdón nos libera.

Cuando mataron en un enfrentamiento al jefe que me había secuestrado y me mostraron las fotos, sentí mucho pesar. Pensé que las personas sin Dios se vuelven violentas, pero todo lo malo termina mal. Al perdonar, encontramos la libertad y la paz.

Usted permaneció más de una década en el continiente africano, y allí vivió momentos alegres y la prueba más difícil  de su vida, un secuestro bajo unos  condiciones muy dolorosas. ¿Qué significa este territorio para su vida personal y religiosa?

La misión en África me humanizó y me evangelizó. Ver a nuestros hermanos africanos en medio del dolor, del hambre y de situaciones inhumanas, pero siempre con esperanza y sin quejarse, por ejemplo, teniendo que recorrer 7 kilómetros para cargar una vasija de agua fue una lección. Recuerdo a África con mucha alegría y, si tuviera la oportunidad, volvería.

Allí me ayudó mucho el ejemplo de nuestra madre fundadora, la Madre Caridad, quien decía: "Alabar o callar, o callar para que Dios nos defienda. En el desierto yo tenía que callar mis tristezas, alegrías y lágrimas; para mí, callar era desarmar la guerra.

El país ha concluido un proceso electoral donde muchas familias, amistades quedaron fragmentadas por las diferencias políticas, ¿por dónde empezar la reconciliación, la unidad?

El dolor, el sufrimiento y la esperanza son semilla de reconciliación. Invito a volver a la cultura del encuentro, a desarmar las palabras, las miradas y los gestos, y buscar el diálogo. A quienes han sido desarraigados de sus tierras o han perdido a sus seres queridos por la violencia, los invito a dejar el odio y a perdonar, porque los rencores nos enferman, mientras que el perdón nos libera.

 

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La misionera visitó por primera vez Cúcuta, y en entrevista con #LaOpinión habla de su regreso a Colombia y de cómo decidió convertir su experiencia en un mensaje de esperanza.

 

¿En la actualidad que misión le ha sido asignada por la comunidad religiosa?

Actualmente me encuentro en Apartadó y Necoclí, en el Urabá antioqueño, donde tenemos una misión con los migrantes. Contamos con un "templo comedor" donde almuerzan ancianos, niños, personas vulnerables y personas de paso que han dejado sus tierras. Los acompañamos con solidaridad, mano extendida y, sobre todo, los escuchamos. Le doy gracias a Dios porque me ha dado salud física y psicológica para seguir anunciando la presencia de Jesús en medio de los que sufren.

En sus palabras no hay espacio para la tristeza, cualquiera pensaría que no le ha pasado nada, ¿cómo se define en la actualidad y que resalta de todo este proceso de transformación personal y espiritual?

Me defino como una servidora que sintió la debilidad extrema, pero también la gracia inabarcable de Dios. Mi psicólogo fue el Señor Jesús; Él fue quien me curó y me sanó. Todos los días a las 3 de la mañana estoy en adoración ante el Santísimo presentando las dificultades de Colombia, del mundo y los dolores de las personas que sufren.

¿Cuál es su mensaje para esta región de Norte de Santander, que junto al Darién, Nariño o tras regiones  comparten realidades y problemáticas muy difíciles?

Que no perdamos la fe. Tenemos un Dios que camina con nosotros. Los invito a desarmarnos, a no encadenar a nadie con nuestras palabras, gestos o marcando a las personas. Brindemos palabras de libertad, desarmemos el corazón y volvamos a la "cultura del encuentro", dejando atrás las rivalidades y el odio que nos enferma.


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