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Como suele suceder todavía, quizás había en la programación del Congreso en Villa del Rosario menos mujeres que hombres. Pero hay que reconocer que varias de las historiadoras invitadas no acudieron a la cita presencial.
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Miércoles, 8 de Septiembre de 2021

Estuve en Cúcuta y Villa del Rosario a finales de agosto, acudiendo al Congreso de historia conmemorativo de la Constitución de 1821. Esta experiencia me entusiasmó, como persona y como historiadora, por dos razones que quiero compartir aquí. El denominador común de estas razones es el hecho de hacer presencia, de estar físicamente en un lugar.

El primer motivo que tengo para guardar en mente el Congreso en Villa del Rosario es que era mi regreso a un evento académico presencial, luego de meses de virtualidad. Supongo que fue así para la gran mayoría de quienes asistimos. Poder volver a debatir y conversar en persona con seres de carne y hueso fue un verdadero placer. Quizás la vivencia de quienes habían optado por una asistencia virtual haya sido caótica o desagradable.

En cambio, la experiencia de quienes estuvimos ahí fue extremadamente positiva: productiva y humana a la vez. Celebro la obstinación que permitió que el evento fuera presencial. Celebro también que muchos y muchas colegas acudieran a la cita en medio de esta pandemia que no cesa. Creo no ser la única que quedó marcada por el regreso a la calidad, al calor y a la energía de la presencia. ¡Esto no tiene precio! Incluso si faltaron los apretones de mano con quienes empezábamos a conocer personalmente y los abrazos con los viejos conocidos. Las discusiones casuales con colegas de vieja o nueva data y los encuentros con colegas nunca saludados hasta entonces son hechos que solo pueden darse en un evento presencial. Como dice mi amiga Ángela cuando nos agradece por un buen momento compartido: “fui feliz”. 

La segunda razón consiste en que estar físicamente en algún lugar permite conocer el terreno, palpar el espacio, recorrer el territorio, en vivo y en directo. Para una historiadora como yo, fue la posibilidad de vincular el tiempo con el espacio. Fue darle existencia a los lugares donde sucedieron historias que conocí por documentos de archivo. Fue imprimirle dimensión geográfica a este pasado de papel.

Uno de mis intereses investigativos ha estado centrado en el contrabando en Colombia en el siglo XIX. Como la larga costa Caribe, la no menos larga costa Pacífica, los ríos Magdalena y Atrato y la frontera terrestre con Ecuador, la frontera terrestre y fluvial con Venezuela fue una geografía por la que los intercambios comerciales se dieron legal e ilegalmente a lo largo del siglo que estudio. Recorriendo los alrededores de Cúcuta, pude darme cuenta del calor que golpeaba a los arrieros y navegantes, de la multitud de ríos que irrigan la zona, del tamaño y la diversidad de esta región fronteriza. Poderle poner esta capa de realidad a lo que leí en tantos documentos ¡tampoco tiene precio!

Hay una tercera presencia que más bien fue pobre. Se trata de la participación de mujeres en el Congreso. Fue algo que notamos con varias colegas. Como suele suceder todavía, quizás había en la programación del evento menos mujeres que hombres. Pero hay que reconocer que varias de las historiadoras invitadas no acudieron a la cita presencial, de manera que estas ausencias no son atribuibles a la organización del evento. Afortunadamente, sobre la década de 1820 -conocida hoy como Gran Colombia- la producción que debemos a historiadoras es abundante y relevante. No es así para todos los periodos de la historia de Colombia.

 

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