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Reconstruir, reconstruir, reconstruir
Las prioridades geográficas cambian también, moviéndose del Caribe al Eje Cafetero y al Pacífico, región muy de izquierda desde hace un par de décadas.
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Domingo, 23 de Agosto de 2026

No vivimos los últimos tiempos ni se acerca el Apocalipsis, para tranquilidad de mis amigos con bíblicas preocupaciones. No hay más terremotos en estos tiempos que los usuales. Nos ha tocado a nosotros, eso sí, lo que es inevitable cada cierto tiempo estando como estamos en el Cinturón de Fuego del Pacífico, donde las placas tectónicas de Nazca, Cocos y del Pacífico chocan con las placas continentales. En el Cinturón se concentran cerca del 90% de los terremotos y el 75% de los volcanes activos del mundo.

Hechos de la naturaleza que nos obliga a prepararnos mejor para que cada vez que ocurran, y seguirán sucediendo, los costos humanos y materiales sean menores. 

Algunas lecciones debemos aprender de este terremoto. La solidaridad ciudadana merece todos los aplausos. Colombianos de todos los estratos y regiones se han movido rápida y generosamente a lo largo y ancho de todo el país, organizando centros de acopio y despachos de alimentos, medicinas y otras ayudas hacia los departamentos afectados. Especial agradecimiento quiero dar a mis amigos transportadores, en particular a la Fundación Camioneros de Colombia, que no han parado de movilizar aportes desde cada rincón, asumiendo todo los costos. Ya antes habían dado muestra de su generosidad sin fronteras transportando centenares de toneladas de ayuda con ocasión del terremoto del 24 de junio en Venezuela.

Una generosidad que alcanza también a los más ricos y que, sospecho, está relacionada también con la confianza que transmite el nuevo gobierno, con la certeza de que el apoyo de la empresa privada será bien recibido y valorado y que los recursos se usarán de manera eficiente y no se los van a robar.

El trabajo de reconstrucción del Forec después del terremoto de Armenia es un modelo que ha sido reconocido mundialmente y que bien vale la pena replicar. En el esfuerzo mancomunado entre gobierno nacional, administraciones departamentales y municipales, el sector privado y la generosidad ciudadana está la respuesta que el país necesita.

El gobierno entrante tiene desafíos y oportunidades. La tragedia le permitirá pasar por encima de la polarización electoral y desideologizar la agenda. Excepto unos pocos, la mayoría ciudadana no quiere confrontaciones políticas sino soluciones concretas para sus problemas y necesidades. Puede, además, redefinir su agenda más allá de las promesas de campaña para priorizar la respuesta a la emergencia. El recorte del gasto no será una urgencia, y así lo entenderán incluso los acreedores internacionales, la banca multilateral y las calificadoras internacionales. Su reordenamiento, en cambio, sí lo será para enfrentar la reconstrucción que es, por encima de cualquier otra, la prioridad nacional.

Las prioridades geográficas cambian también, moviéndose del Caribe al Eje Cafetero y al Pacífico, región muy de izquierda desde hace un par de décadas. De Barranquilla y Montería a Quibdó, Cali y Pereira. Un buen trabajo gubernamental en la reconstrucción debería tener un colateral político positivo, más allá de que en el gabinete no haya ni un solo ministro oriundo de las regiones afectadas. 

La agenda temática será otra. De la seguridad, las condiciones para el impulso de la productividad y la batalla cultural, a una concentrada en vivienda, vías, hospitales y escuelas, dotación de servicios públicos y ayuda de emergencia contra la pobreza. 

De la ideología a la gerencia de la emergencia y la reconstrucción, el nuevo gobierno no tendrá margen de tiempo para llegar, asentarse y aprender. Tiene que responder con eficiencia y en muy malas circunstancias: sin margen fiscal o de deuda, con nuevos funcionarios y sin la burocracia técnica y experimentada que fue barrida por Petro, con la UNGRD, la entidad estatal encargada de atender desastres, saqueada hasta los huesos. No será fácil.


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