La futura médica, quien había accedido a sus estudios gracias a una beca derivada del Acuerdo de Paz de 2016, había enfrentado jornadas extenuantes, con turnos de hasta 48 horas, debido a la escasez de personal de salud en la zona de desastre.
“La realidad en el terreno era desgarradora. Había atendido personas descompensadas, desmayadas y deshidratadas, además de pacientes con gastroenteritis aguda por consumir agua no tratada. A eso se sumaban el frío permanente y el polvo de las viviendas y estructuras colapsadas”, relató.
Las condiciones de atención también habían sido extremas.
“Los consultorios eran carpas improvisadas que, por las fuertes lluvias que caían sobre Pereira, se inundaban constantemente. Se mojaban los medicamentos y las colchonetas destinadas a la ayuda humanitaria. Tuvimos que improvisar camillas en el suelo y sobre sillas. No contábamos con los elementos básicos para curar heridas; los insumos eran muy escasos y debíamos ser muy recursivos”, explicó.
La tragedia también había dejado profundas cicatrices emocionales. Confesó que una de las experiencias más difíciles había sido presenciar la recuperación de cuerpos sin vida y acompañar el dolor de familias que habían perdido a sus seres queridos.
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Además de atender a los damnificados, también había brindado asistencia a rescatistas y voluntarios lesionados mientras removían escombros.
“No había estado sola. En el lugar también trabajaban psicólogos, pediatras y veterinarios, junto con delegaciones internacionales de Brasil, México e Israel. Incluso mi propia madre, Angélica Maritza Peñaloza, se había sumado como voluntaria y ayudaba a remover escombros”, contó.
El cansancio físico encontraba alivio en el agradecimiento de quienes atendía.
“Cuando curaba una herida o colocaba un suero, las personas me abrazaban y lloraban conmigo. Al regresar a casa casi no lograba descansar; dormía muy poco. Me iba en cuerpo, pero mi alma se quedaba en el parque junto a las enfermeras y auxiliares”, expresó.