Creo que se está magnificando el retiro de algunas piezas del Museo Nacional. Exhibir es escoger, y toda curaduría deja piezas en reserva. Así ha ocurrido siempre, sin que nadie se rasgara las vestiduras. Lo que de verdad merece atención es, ¿qué historia les estamos contando a los colombianos?
La tarea del director de un museo tiene dos caras. Debe preservar el patrimonio histórico y, al mismo tiempo, escoger las piezas que despierten interés y permitan explicar el origen y el desarrollo de nuestra nación. Pero el espacio no es infinito y apenas una parte de la colección llega a las vitrinas, mientras las piezas retiradas siguen en la reserva del museo.
Además, cualquier museo debe tener en cuenta que no es lo mismo recordar que exaltar. La historia de un país está hecha de luces y de sombras, y ambas deben conocerse; pero una vitrina, por la manera en que dispone sus piezas, también le propone al visitante a quién admirar. De esta forma, la curaduría del museo también educa.
Hemos lamentado en distintos escenarios que la historia haya desaparecido de las aulas. Aunque la ley la devolvió al currículo, sigue siendo una materia huérfana, y cuando falta una enseñanza objetiva de la historia, ese vacío lo llenan con facilidad los relatos ideológicos. Aterra la pretensión de algunos de hacernos creer que los malos son buenos, mientras los buenos —los que hicieron la verdadera historia— desaparecen o adquieren una imagen confusa, casi deforme, como la del Bolívar de Chávez, al que le fabricaron hasta un rostro sin los rasgos del Libertador.
Esta discusión es también una ocasión para recuperar otras piezas históricas que ya no están en su lugar. Pienso en las estatuas de Isabel la Católica y Cristóbal Colón, retiradas de la avenida El Dorado de Bogotá, y en la de don Gonzalo Jiménez de Quesada, derribada frente a la Universidad del Rosario, en la misma ciudad. Unas cayeron por vías de hecho mientras otras fueron retiradas bajo su presión. El monumento a Los Héroes fue mancillado hasta terminar derruido.
Así las cosas, el Gobierno nacional, a través de la ministra Paola Holguín —que reúne todas las capacidades y la mejor intención de hacer patria—, tiene hoy la oportunidad de reparar el daño causado por narrativas y políticas radicales. Puede devolverles su valor a quienes construyeron nuestra nacionalidad y a los héroes de la patria. Y, de la mano del Ministerio de Educación, puede llevar de nuevo a las aulas el orgullo patrio y exigir que quede atrás el odio entre hermanos que promueven quienes todavía creen en la trasnochada lucha de clases.
Ojalá los niños vuelvan al museo. Ojalá descubran en la espada del Libertador la verdadera dimensión de Simón Bolívar y comprendan su empeño por dotar a los colombianos de sentido de pertenencia. Ojalá recuerden al general Santander como el Hombre de las Leyes y el padre de nuestra institucionalidad. Y ojalá el Museo Nacional sea también un lugar donde la imaginación haga que, como en la película “Una noche en el museo”, la historia cobre vida ante sus ojos.
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