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Vargas Lleras para las nuevas generaciones políticas
Se creería, a priori, que la historia de Germán Vargas Lleras debía estar escrita con la letra del triunfo.
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Viernes, 22 de Mayo de 2026

Asumir el reto de escribir sobre el legado de uno de los pocos líderes de Colombia que pudo ser presidente, sin realmente llegar a serlo, no es nada fácil. No solo por la complejidad de hablar sobre el que por condiciones materiales ya no habita este plano, sino porque su recuerdo trae consigo profundos amores y desamores. ¿Pero de qué más pueden estar hechas la vida y la memoria sino de los constantes desencuentros entre lo que pensamos de los demás y lo que ellos opinan de nosotros? Pues ese es el fin de esta columna: seguir discutiendo sobre las narrativas que construimos y creemos inamovibles.

Se creería, a priori, que la historia de Germán Vargas Lleras debía estar escrita con la letra del triunfo y las victorias; sin embargo, la vida puede ser tan paradójica que suele deconstruir hasta sus cimientos todo lo que damos por sentado. Nacido de una estirpe política, nieto de un presidente y con más de treinta años de trayectoria entre los pasillos del Concejo de Bogotá, el Senado de la República y la rama ejecutiva, su camino parecía trazado. No obstante, no es fácil para muchos comprender que el cúmulo de sucesos que vivimos nos deja profundamente marcados.

Vargas no fue una excepción a esto. Sus inicios en la política coincidieron con una de las épocas más tristes en la memoria de esta nación. El final de la década de los ochenta y el principio de los noventa reflejaban los momentos más oscuros que el narcotráfico dejó a la sociedad. La muerte de Luis Carlos Galán fue el primer encuentro de Vargas con la violencia política: aquel que fue su mentor se convirtió en víctima de las balas que acallaron lo que su voz vociferaba en las plazas. Por si fuera poco, todavía le esperarían dos sucesos más que atentarían directamente contra su integridad física.

En diciembre de 2002, siendo senador, recibió en su despacho un libro bomba que detonó en sus manos, dejándole secuelas permanentes. Más tarde, en octubre de 2005, a la salida de Caracol Radio en Bogotá, un vehículo cargado con explosivos estalló al paso de su esquema de seguridad. Los heridos en esa ocasión fueron los miembros de su escolta y civiles ajenos al conflicto.
Ambos atentados fueron de autoría reconocida por la antigua guerrilla de las Farc. Esta organización admitió dichos ataques en una carta enviada a Juan Manuel Santos en 2020, en el marco del proceso de paz, lo que llevó a que Vargas fuera formalmente reconocido como víctima ante la JEP.

Después de recorrer esta historia de triunfos y derrotas, me quedo pensando lo siguiente: ¿cuántos líderes políticos actuales tendrían la gallardía de seguir adelante después de tales sucesos?, ¿y cuántos seríamos capaces de seguir enfrentando las adversidades por pura vocación pública? Creo que la respuesta sería: muy pocos. Por eso mismo, las jóvenes generaciones políticas deben conocer la historia de nuestra nación, para entender la honda herida que yace en varios de los líderes de antaño y notar que cada vez son menos los referentes de ese temple que podemos apreciar en el panorama actual.


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