Escuchar a los voceros de la causa oficialista es adentrarse en un paraíso verbal donde la paz, la justicia social y el cuidado de la casa común están garantizados por decreto. Sin embargo, a las puertas de una segunda vuelta presidencial decisiva, el país no se debate entre dos discursos, sino entre el relato idílico de la continuidad que encarna Cepeda y la cruda realidad que los colombianos padecemos en el territorio.
Empecemos por el fetiche ambiental. Se nos presenta un proyecto político como el salvador de la naturaleza, pero la vida real demuestra que la soberbia burocrática de la “Revolución Moral” ha sido el mejor aliado de la devastación. Al cerrarle la puerta a la minería legal —aquella que paga impuestos, cumple estándares rigurosos y compensa sus impactos—, el Gobierno y el buenismo no salvaron los ecosistemas; simplemente los entregaron. El vacío que dejó la formalidad fue ocupado de inmediato por la ilegalidad más rapaz. Hoy, la minería criminal contamina sin control, destruye páramos y financia los fusiles que azotan las regiones, mientras la deforestación avanza ante la mirada impotente de un Estado paralizado por la ideología.
Ese mismo ambientalismo de escritorio nos tiene hoy de rodillas con el gas natural. Mientras el dogmatismo local frena la exploración y sataniza la tecnología, ignorando que hoy existen más de un millón de pozos de fracking operando con éxito en los países desarrollados para garantizar su competitividad, el petrismo nos condena a una escasez artificial que nos obliga a importar gas a precios tres veces más altos. Al final, las grandes declaraciones de superioridad moral se pagan con el bolsillo de los más vulnerables: más de 10 millones de familias colombianas que cocinan con gas sufren hoy las consecuencias de esta decisión sin sentido, viendo cómo se encarece el costo de su vida diaria en nombre de una pureza ideológica inviable.
La narrativa de la "Paz Total" corre la misma suerte. Mientras el discurso insiste en el amor y la vida, bajo la sombra del proyecto petrista las masacres se multiplicaron, el desplazamiento forzado regresó a niveles que creíamos superados y los grupos criminales expandieron su control territorial a vista y paciencia de unas Fuerzas Militares maniatadas. Nos hablaron de cuidar la vida, pero el dogmatismo destruyó el sistema de salud, sumiendo a los pacientes en el desabastecimiento en nombre de una pureza estatista que solo existe en la mente de los burgueses de izquierda.
El supuesto blindaje a los más desfavorecidos es la mayor de las paradojas. Con el crecimiento económico reducido a la mitad, es imposible derrotar la pobreza. El endeudamiento del país se disparó en 400 billones de pesos sin una sola gran obra que lo justifique. Destruyeron programas sociales exitosos como Mi Casa Ya, cerrándole la puerta de la movilidad social a miles de familias, mientras desfinanciaron el Icetex e hicieron impagables los créditos educativos.
La elección que enfrentamos no es entre la perfección y el caos; es una decisión pragmática sobre la supervivencia de la República. Abelardo puede no ser el candidato ideal, y genera las dudas lógicas de cualquier alternativa enfocada en la seguridad y el crecimiento económico. Pero ante el abismo, prefiero transitar la incertidumbre de un nuevo rumbo económico y democrático, que entregarnos a las oscuras certezas que ofrece la continuidad del proyecto bolivariano.
Adenda. Tuve la oportunidad de participar en una conversación con José Manual Restrepo, tal vez la persona más sensata, preparada y decente de la fauna política actual. Ante cualquier duda, pensaré que no estoy votando por Abelardo, estoy votando por José Manuel.
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