La multiplicidad de situaciones violentas a las que ha estado sometida la subregión del Catatumbo, en el transcurrir del tiempo, ha dejado una huella con la utilización de métodos para generar el mayor nivel de temor posible entre la población.
En esa zona de Norte de Santander se ha acumulado una sucesión de hechos imborrables, como el uso de las masacres para imprimir terror entre las comunidades durante la época de los enfrentamientos entre guerrilleros y paramilitares.
Eran tiempos en que los grupos que se disputaban el control territorial y político, al igual que el poder sobre los cultivos de coca y la producción de estupefacientes, utilizaban las muertes en masa para conseguir sus objetivos o como a manera de retaliación.
No es casual, en este aspecto, que se hable de hechos de que hasta el mismo río Catatumbo resultara pagando un alto precio por el conflicto armado, con graves consecuencias ambientales, afectando la biodiversidad y los recursos naturales de la región.
“La presencia de grupos armados ha provocado la deforestación, la contaminación de fuentes de agua y la destrucción de ecosistemas, poniendo en riesgo la sostenibilidad ambiental del Catatumbo y su entorno”, se lee en el proyecto de ley que empezó a hacer trámite en el Congreso de la República para la declaratoria del río como sujeto de derechos y patrimonio histórico de la memoria del conflicto armado colombiano.
Pero, además, el río se transformó en una especie de fosa. Este oscuro capítulo de la historia colombiana, detallado en obras como ‘Tantas vidas arrebatadas’, categorizó estas desapariciones forzadas como víctimas desaparecidas definitivamente, cuyos restos fueron incinerados o sumergidos en las corrientes del río.
Ahora se le debe adicionar un elemento adicional, también de alta peligrosidad y que igualmente llegó para infundir pánico entre los pobladores de esta región de Norte de Santander que no ha cesado de estar en medio de la violencia.
Se trata de los drones que surcan los cielos catatumberos en medio de la guerra entre la disidencia de las Farc y el Ejército de Liberación Nacional (Eln), desde hace veinte meses.
Estos aparatos voladores no tripulados aparte de convertirse en enemigos explosivos de la comunidad y de la Fuerza Pública, también están dejando una estela de problemas psicosociales entre los pobladores.
Es que prácticamente ahora mirar al cielo, en aquel sector del departamento ya no es para admirar el paisaje, sino una acción defensiva en caso de escucharse algún sonido que delate el sobrevuelo de esas naves incorporadas al conflicto.
La siguiente descripción es de Luis Fernando Niño, consejero de paz de Norte de Santander.
“Hay sensaciones de pánico y ansiedad que genera un dron sobrevolando sobre la casa o la plaza. Cuando aparece, inmediatamente la gente corre a esconderse, porque cree que les va a caer un explosivo”.
Resulta indispensable que a la par de las acciones ofensivas de la Fuerza Pública, es requerida que dentro de las acciones de presencia del Estado, se tengan presente acciones para la mejora de la salud mental de la población, con el fin de evitar mayores problemas en ese aspecto.
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