Lo primero que escuchó fueron las cadenas. Los pies las arrastraban. Así, lentamente, ante la mirada de periodistas de todo el mundo y de la justicia norteamericana, Nicolás Maduro entró a la sala donde iniciaría su ansiada comparecencia. En la segunda fila lo esperaba un caricaturista venezolano que jamás imaginó que algún día terminaría dibujando a uno de los hombres más buscados del planeta.
Jorge Torrealba llegó a estar frente a frente con uno de los dictadores más reconocidos de los últimos años. En un mismo salón. Ni en sus sueños más locos estuvo la idea de que podría retratarlo. El oriundo de la península de Paraguaná logró ingresar al que considera el juicio más importante de los últimos años y terminó cara a cara con el hombre que llevó a la desgracia a su país.
¿Cómo llegó ahí?
De niño, en medio del calor que ahoga a Punto Fijo, tampoco vislumbró que terminaría dedicándose al dibujo y, mucho menos, a las caricaturas. Como ocurre con muchos artistas, no tiene un título en esa disciplina. Estudió Ingeniería Civil e Ingeniería Mecánica, pasó por diseño de obra civil y terminó cursando diseño gráfico.
Puede leer: Jennifer Pedraza abandonó la posesión de Abelardo de la Espriella por las invocaciones religiosas
“En Venezuela siempre te dicen que tienes que estudiar, que tienes que tener una carrera. Bueno, creo que en casi toda Latinoamérica es así”, relató en diálogo con El Colombiano.
Pero añadió que nunca imaginó que el talento que tenía para dibujar y hacer caricaturas sería lo que terminaría convirtiéndose en su profesión.
Todo cambió en 2010. Mientras alternaba la universidad con un trabajo en una tienda de un centro comercial, subió un dibujo a Facebook y comenzaron a llegarle pedidos. Cuando lo despidieron, alquiló un espacio en un bazar para ofrecer caricaturas. “Ese día me fue increíble. Hice muchos dibujos y gané más dinero de lo que me pagaban en la tienda”.
Años después viajó a Estados Unidos, primero por una convención de caricaturistas en 2015. Regresó a Venezuela, pero volvió en 2016 —“el año más caótico de Venezuela”, como lo describe— y ya no se fue. Se quedó en Miami.
“Empecé de cero. Trabajé en restaurantes por propinas. Vivía en la sala de una casa; me alquilaban los muebles”. Así empezó una nueva vida. Poco a poco en sus caricaturas empezó a denunciar lo que ocurría en Venezuela. Con el reconocimiento también llegó el miedo, aunque nunca dejó de hacerlo. “Yo creo que eso es lo primero que utilizan es el miedo. Para que no digas nada, para que no protestes”.
Un Emmy
En plena pandemia, en 2020, un grupo de mujeres venezolanas que había conocido en Nueva York le propuso convertir su historia en un cortometraje. “Tampoco había mucho que hacer, era 2020”, dijo mientras reía al recordar este evento que lo catapultó, un poco más, al estrellato.
Así nació ‘Hay que intentarlo’, un documental de ocho minutos que terminó ganando dos premios Emmy: uno por fotografía y video, y otro en la categoría ‘Human Interest’ (Interés Humano). Torrealba incluso financió la inscripción del corto en festivales rifando una de sus propias pinturas. “En tres días reuní todo el dinero porque a la gente le gustó muchísimo. Conectó”.
Una noche de enero
Pero hay momentos tan fortuitos que parecen obra del destino. Y eso fue exactamente lo que ocurrió aquel 5 de enero.
Lea además: Ángel Barajas lideró la excelente presentación de la gimnasia artística colombiana en Santo Domingo 2026
Dos días antes, desde su apartamento en Nueva York, comenzó a ver en redes sociales los primeros videos del operativo que terminó con la captura de Nicolás Maduro y su esposa. La noticia lo llevó a reunirse con la comunidad venezolana en un restaurante de la ciudad y luego a manifestarse frente a la corte, donde se anunció que Maduro sería presentado ante un juez.
Esa noche pensó que sería genial entrar a la audiencia para dibujarlo, aunque descartó hacer la larga fila desde la madrugada. Sin embargo, a la mañana siguiente cambió de opinión. Salió de su casa temprano, con el frío del invierno y vestido, según recuerda, “muy poco protocolar”: un suéter de pijama bajo una chaqueta colorida. Desde ese momento, todo pareció alinearse.
El autobús llegó justo cuando lo necesitaba, el tren lo esperó en la estación y alcanzó a llegar a tiempo a la corte, con la sensación de que la vida, por alguna razón, había conspirado para llevarlo hasta allí.
Tocó puertas
A veces solo hace falta el poder de un “permiso” para lograr algo en la vida. Nada de burocracia ni de gestiones políticas. Una simple pregunta fue suficiente para que Torrealba entrara a ver a Nicolás Maduro y, claro, a su esposa, Cilia Flores.
Tal vez fue su experiencia en la vida lo que lo llevó hasta allí. Tal cual lo narra en su cortometraje: “La capacitación que no me ha dado la universidad, me la ha dado la calle”.
Y es que al llegar al lugar donde fue el juicio, el operativo de seguridad lo sorprendió. “Vi helicópteros, calles cerradas, policías por todos lados. Parecía una película”. Se acercó a un oficial, se presentó y le mostró su trabajo: “Me gustaría dejar un registro cultural para mi país. Quiero dibujar lo que pase”, le dijo al oficial, quien lo dejó cruzar y, tal cual, repitió la explicación ante un segundo policía. Y entró.
La diligencia fue programada para el mediodía, pero él estuvo desde las 9:30 de la mañana en el edificio. Ya adentro de la sala quedó ubicado en la segunda fila, “a menos de dos metros” del lugar donde se sentaría Maduro. Después de unas horas se abrió la puerta.
“Escucho las cadenas. Porque Maduro venía encadenado de los pies. El silencio era absoluto”.
Torrealba insistió en que fue la experiencia más extraña de su vida. Y recordó, sobre todo, la forma en que Maduro recorrió la sala con la mirada. “Cuando entró, nos miró fijamente a todos. A los ojos. Uno por uno... Yo les digo a mis amigos que era como cuando de niño te hablaban del Coco. Solo que esta vez sí apareció”.
Meses después de ese primer encuentro, el 22 de junio, volvió a verlo. Pero ya no era el hombre que el primer día de audiencia entró saludando a todos y deseándoles un “Happy New Year”. Según relató, el paso del tiempo entre rejas había cambiado su apariencia y su actitud. “Estaba flácido. Ya no proyectaba esa seguridad. Era obediente y le hacía caso a su abogado”.
Ni él ni los ojos del mundo imaginaron ver al hombre que alguna vez desafió a Estados Unidos desde Caracas compareciendo de esa manera ante la justicia estadounidense. Pero la realidad, una vez más, terminó superando a la ficción.
Torrealba volverá a verlo, aunque dentro de un tiempo. La continuación del juicio está prevista para junio de 2027. Y el caricaturista ya sabe que estará allí de nuevo, lápiz en mano, frente al hombre al que alguna vez vio como el ‘Coco’.
Gracias por valorar La Opinión Digital. Suscríbete y disfruta de todos los contenidos y beneficios en http://bit.ly/SuscripcionesLaOpinion .