“Eliges a tus presidentes como si fueran tus pretendientes” cantaron los Alcolirycoz en una de sus canciones. Y sí, pensamos en un matrimonio cada 4 años, siendo tan superficiales e individuales, millones de individuos pensando en lo mejor para sí mismos, y no en lo conveniente para el desarrollo de la nación.
Cada elección presidencial trae consigo una promesa implícita y popular: “ahora sí viene el cambio que necesita Colombia”. Cambian los rostros, los partidos y los discursos, pero permanece la idea de que el próximo presidente tendrá la capacidad de corregir, en apenas cuatro años, problemas que el país ha construido durante décadas.
Esa expectativa no solo es ingenua; también es peligrosa, nos hace daño. Cuando creemos que un gobierno puede transformar por sí solo la realidad nacional, terminamos midiendo el éxito de un presidente por la velocidad de sus resultados y no por la profundidad de las reformas que logra iniciar.
Revisemos la experiencia de este gobierno, distinto a todos los gobiernos de la historia del país, que por hacer más resultó haciendo menos. Pretendían hacer decenas de reformas, que son imposibles de ejecutar en cuatro años, con la excusa de que todo estaba mal y había que crear sistemas nuevos. Los grandes cambios no nacen de los períodos presidenciales. Nacen de políticas de Estado capaces de sobrevivir a ellos.
El primer problema que requiere más de cuatro años para solucionar es la situación fiscal. Colombia enfrenta un margen de maniobra cada vez más reducido. Las necesidades de inversión aumentan mientras los recursos son insuficientes y la deuda limita la capacidad de acción del Estado. En estas condiciones, cualquier gobierno tendrá que administrar escasez antes que abundancia. Aquellas grandes obras que siempre dejan los gobiernos como su sello, es muy probable que no las veamos en el gobierno entrante de Abelardo de La Espriella.
El segundo desafío, y al que no le veo solución en cuatro años, sin duda el más doloroso: el reclutamiento de niños, niñas y adolescentes por grupos armados. Que cientos de menores sigan siendo utilizados por la guerra representa uno de los mayores fracasos que tenemos como República. Ningún proyecto de paz es viable mientras permanezca la dinámica de reclutamiento y condiciones propicias para que los jóvenes elijan para su vida integrar un grupo armado. La seguridad debe ser integral y empieza con oportunidades reales para la juventud.
La tercera tarea pendiente es construir un entorno donde emprender no sea una carrera de resistencia. Miles de pequeñas empresas desaparecen antes de cumplir cinco años, asfixiadas por altísimas cargas tributarias, dificultades para acceder al crédito y una preocupante falta de educación financiera. Un país que no facilita la creación de empresa difícilmente podrá ofrecer oportunidades estables de empleo y desarrollo.
Cuarto problema más allá de cuatro años, el calor y las altas temporadas de sequía y sí, la temperatura también es un problema público. En Colombia tenemos un reto gigante en el ordenamiento territorial alrededor del agua. Muchos municipios y departamentos en el país tienen riesgo de sequía muy grave, pero en Colombia estamos sesgados porque creemos que somos privilegiados con el agua. Se estima que de aquí al 2030 la temperatura a nivel mundial aumenta en 1.5º y esto también es un problema público y es un reto del próximo gobierno saber cómo afrontar esta crisis.
Quinto, pero no menos importante, el acceso a la vivienda y los altísimos costos del arriba en Colombia. Esto podría mejorar en cuatro años si hay voluntad. En municipios y ciudades capitales como Medellín, donde los arriendos han aumentado hasta en un 100% eso es un problema público. El próximo presidente debe resolver, pero se ve que es muy difícil poder controlar el mercado de la vivienda en Colombia.
La juventud pierde la esperanza cada vez que piensa en tener su propio hogar, ¿de verdad es tan difícil? Sí.
Existe un principio no escrito en lo público y lo político: se debe construir sobre lo construido. Mejorar, más no tumbar y construir desde cero. No podemos borrar lo que somos y hemos sido, por más que nos incomode.
¿Estamos dispuestos a pensar en un país que se construya más allá de Abelardo y de los que vengan? Ya lo dijo el maestro Marco Aurelio: No optemos por el beneficio de la abeja (el presidente Abelardo y su popularidad), busquemos férreamente el beneficio de la colmena (este país que tanto amamos y trabajamos).
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