Cuando aprendemos a gozar con la penumbra y a conversar con ella -en silencio-, dejamos emerger las leyendas, mientras un café sale de su lecho y se une a las palabras no dichas, sino sentidas, que son tan sublimes.
Es que durante la noche ocurren muchas cosas, todas sigilosas, las nubes se van reuniendo a ver qué forma toman, o cómo se esconden - y después de repasar el olvido de ayer, se camuflan en las veleidades del viento.
En la oscuridad existen un espacio, y un tiempo, en los que tiene lugar la existencia abstracta y se habilita la vida desde una visión diferente, oteando un camino incógnito, pero evidente, que nunca acaba de alargarse.
Y lleva las horas de la mano hasta volverlas sombra y, luego, colgarlas de las estrellas para que titilen en la ventana y muestren los momentos reflexivos, que van y vienen, andando a trechos las propuestas del destino.
Los corazones y los sentidos también se alían, en secreto, para alcanzar los sueños que vienen detrás de la luz, esperando la aurora para juntarlos en la sonrisa azul de las mañanas y hacerlos estaciones de la esperanza.
Esto de soñar es como sobrevivir un naufragio, descifrar la lluvia, ver moverse las hojas de los árboles y mecerse en la cadencia de nidos y pájaros durmiendo crías en las pajas traídas, una por una, en picos prodigiosos.
Y si uno espera plácido, capta el eco sentimental de los recuerdos, como si quisieran ser, otra vez, pioneros de una ilusión que se ruboriza en la intimidad, como un colibrí ante una rosa altiva que no quiere salir de sus capullos…
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