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Aunque nada está dicho aún
Petro creyó que por su “magnífico gobierno”, lo iban a reelegir en cuerpo ajeno y el pueblo decidió que no merecía premiarlo.

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Jueves, 4 de Junio de 2026

Aunque nada está dicho aún acerca del resultado final de la elección presidencial del próximo 21 de junio, se vislumbra que Abelardo de la Espriella, si nada extraordinario ocurre, será el próximo presidente de República.

No me corresponde posar de profeta ante quienes me hacen el honor de leerme y de quien publica estas líneas, mi querida y prestigiosa “la opinión”, pero quizás valga la pena mencionar e invitar a repasar algunas de mis columnas como: El Péndulo; Así como vamos, ¿vamos cómo?; Votar en favor de las instituciones; Por qué funciona el Populismo, entre otros, escritas con énfasis académico y tratando de interpretar la sociología política colombiana, de los últimos años.

No podemos tomar los acontecimientos presentes como si no existiera un pasado que nos marca y los vaivenes de nuestra política, especialmente, en lo corrido entre 1991 y el presente siglo. El asesinato de Galán; el ascenso de Gaviria, la apertura económica; la Constituyente; Pablo Escobar y los carteles de la droga; Samper y el proceso 8000; Pastrana, las FARC y su auge, la zona de distención y la silla vacía, la ruptura de negociaciones con el ELN, el Plan Colombia; Alvaro Uribe, las atrocidades del paramilitarismo, el referendo y su derrota, Agro Ingreso Seguro, su primera reelección, el intercambio de notarías por votos de congresistas para comprar una segunda, la propuesta de eliminar las cortes y su fusión, los falsos positivos; Santos, el proceso de paz, su reelección, el escándalo de Odebrech para presuntamente comprar políticos y votos,  el plebiscito y su pérdida; Duque, el Covid y los dineros presuntamente desviados, los 70.000 millones del MinTic y Emilio Tapias.

Y lo que falta por mencionar.

Con cicatrices marcadas y algunas heridas aun sangrando, entró la campaña presidencial de 2022. Los candidatos Fico Gutiérrez, por el uribismo y el gobierno Duque, el outsider Rodolfo Hernández ambos en representación de la Derecha y Gustavo Petro, del llamado “progresismo” (nombre que ahora se le da al socialismo-comunismo, por vergüenza a llamarse así ante el estruendoso fracaso mundial de sus doctrinas) se disputaron la presidencia quedando en cabeza de este último.

Los colombianos olvidamos la mala alcaldía de Petro, en Bogotá. Los escándalos de desgreño y corrupción cometidos, su talante soberbio, megalómano y altisonante, entre otras muchas “virtudes”. Y, digo, nos olvidamos porque, aunque no voté por él, su envolvente discurso cargado de realidades y propuestas viables nos permitió soñar con un país que emprendía una senda social de cambios en el marco de una Unidad Nacional, que pedía a gritos la Nación pero que hoy entrega perfectamente partida en dos. La opción de un modelo de gobierno de izquierda a lo europeo, terminó pareciéndose más al modelo de Socialismo del siglo XXI, solo que la fuerza histórica de nuestras instituciones no lo dejaron pasar.

Se decía que Uribe y Duque, eran los mejores jefes de debate de Petro. Hoy, dice ser el jefe de debate de Iván Cepeda. Pero, la siguiente relación, lo muestra más como jefe de debate de Abelardo. En estos cuatro años, Petro gobernó con las “virtudes” arriba señaladas. Desorden personal y administrativo, dando órdenes y contraordenes, cambiando de ministros como de ropa. Desconexión de su verbo con la realidad.

Vendió un país de las maravillas existente solo en su cabeza. Desconoció la   inseguridad que vivimos e, irresponsablemente, a semanas de terminar su mandato pretendió liberar a temibles delincuentes para convertirlos en jefes de debate electorales en las zonas rurales y “gestores de paz”.

Se entrometió en los temas internos de otros países, pero hoy cuestiona a Trump por el respaldo a De la Espriella. Su reforma agraria se quedó en la entrega de unas pocas hectáreas de tierra, sin dotación y sin entidades que presten asistencia técnica, comercialización etc. Tenemos una infraestructura física casi nula, paró las vías 5G, pero tampoco avanzó en la terciarias. Afectó el PIB nacional prohibiendo la exploración y explotación de petróleo y minerales so pretexto de la transformación energética, que nunca llegó, entregó la política ambiental a una politóloga activista ambiental, sin estructura técnica. Mantuvo hasta el final al cuestionado gerente de Ecopetrol y antiguo gerente de campaña. Planteó el avance del Catastro Multipropósito y hoy el país está más desactualizado que nunca. Prometió mejorar el sistema de salud y hoy lo entrega peor de como lo recibió. Se pasó por alto la regla fiscal y subió populistamente el salario mínimo. Desconoció a las entidades autárquicas. Disparó el gasto público, pero pedía reformas tributarias. Se creyó un líder mundial al que le acataban sus colegas, en fin…

El presidente creyó que los colombianos premiarían “su magnífica gestión” y el 31 de mayo, le enviaron un mensaje. Cepeda propuso temas idénticos a los de su jefe y la Nación los interpretó como la continuidad populista de Petro aunado a una gran dosis de miedo por su formación stalinista y recordaron la fábula de “Pedrito y el lobo”.

Muchos dicen: Abelardo no es la solución, pero sabemos que el 7 de agosto de 2030 se va. Con Cepeda y Petro detrás, ansiosos de venganza, se van en 20 años. Que pesar que tengamos que seguir votando no por sino en contra de.

Petro creyó que por su “magnífico gobierno”, lo iban a reelegir en cuerpo ajeno y el pueblo decidió que no merecía premiarlo.


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